viernes, 10 de septiembre de 2010

el villano que el ciclismo necesitaba

Andaba el mundo del ciclismo recreándose en sus primeros síntomas de buena salud en unos cuantos años, dejándose mecer entre el rumor de fichajes, la confirmación de nuevos y poderosos patrocinadores y el despertar de una Vuelta a España vacía de poder, repleta de buenos presagios, cuando llegó la triste noticia de la muerte de Laurent Fignon. El cáncer de páncreas por fin le había derrotado, pese al arriesgado discurso desafiante que el parisino mantuvo contra la enfermedad desde que se hizo público. "No le temo a la muerte" proclamaba con la misma arrogante confianza con la que edificó su figura mediática.

Para los españoles que rondamos la treintena, año arriba, año abajo, Fignon siempre fue ese gabacho de actitud chulesca que desafiaba al ídolo nacional, Perico Delgado, y sobre todo, ese engreído que se permitió escupir a una cámara de televisión española que le estaba grabando en una estación de tren. El video de aquel gesto, no más de un minuto, fue repetido hasta la saciedad, tanto que se convirtió en un recuerdo imborrable para una generación de aficionados y pasó a formar parte de la memoria colectiva de un país que se lo tomó como si hubiese escupido sobre la mismísima bandera. De aquella historia poco más supimos pero años más tarde leí, no recuerdo donde, no recuerdo de quien, que los periodistas españoles habían estado provocando a Fignon asegurándole que iba a perder aquel Tour de Francia que se dilucidaba en una contrarreloj de Versalles a París. Era el año 89 y Fignon se quedó sin el que habría sido su tercer Tour por tan solo ocho segundos, la diferencia más corta de la historia de la carrera francesa. Fignon lloró sobre un bordillo de los Campos Elíseos su derrota, dos países la celebraron, los Estados Unidos del vencedor Lemond y la España agraviada por un escupitajo presentado como una afrenta nacional.

Fignon nunca cayó bien y, desde la prudencia que entraña enjuiciar a un personaje público, uno tiene la sensación de que tampoco entraba en sus planes tal objetivo. No parece que buscase agradar a nadie que no fuese a si mismo, nunca regaló un gesto de cara a la galería. A sus rivales les mostró el mismo incómodo rostro de la disconformidad con el que se labró su fama de enemigo imprevisible, quizás el más temido de todos los tipos de enemigos.

Ahora que corren tiempos de buenismo competitivo, de deportividad mal entendida, convendría recuperar aquella actitud guerrillera, inconformista, agresiva de gente como Fignon o, años más tarde, Chiappucci, la némesis del otro ídolo local, Indurain, aunque al italiano se le identificase más con cierto tipo de perdedor romántico y por tanto más entrañable para el aficionado. Eran ciclistas capaces de aprovechar el avituallamiento, la caída o la avería de un rival, para hacer saltar una carrera por los aires y con ellas las tácticas que, por complejas que puedan resultar, no encuentran la forma de introducir a este tipo de corredor en la ecuación. Son la teoría del caos explicada sobre una bici, cuando todo tiene que ir de una manera concreta, un irreverente con gafitas, un italiano incapaz de aceptar la derrota sin lucha, proporcionan un giro inesperado de los acontecimientos y ya nada va según el plan previsto. Y es entonces cuando el ciclismo pierde lo que tiene de ciencia y multiplica lo que tiene de épica.

Como toda historia que merezca ser contada, la del ciclismo no está exenta, necesita de héroes, personajes capaces de recordarnos que el alma humana tiene unos límites en ocasiones insondables, y que somos capaces de llegar mucho más allá. Pero también necesita de su villano, tipos que den la réplica al héroe, que planteen un nivel extra de dificultad en la consecución del glorioso fin que aguarda al héroe. Fignon fue, para muchos, ese villano que necesitábamos para glorificar a nuestro héroe. Esto, como tantas cosas, también se lo tenemos que agradecer al parisino.


Pero de todas las lecciones que Fignon nos pudo enseñar, sobre todo en la victoria, yo elijo quedarme con una que pertenece al complejo mundo de la derrota, donde la dignidad tiene límites más difusos. En el año 92, en el Giro de Italia, Fignon supo que su carrera tocaba a su fin. Fue en el Passo de Giau, en un día dantesco, las imágenes son bastante significativas y no merecen mayor comentario. Esas imágenes encajan a la perfección con la idea de Fignon que siempre tuve, un tipo digno que amaba el ciclismo y la competición sobre todas las demás cosas. Y encajan, son la materialización en video, de la frase con la que Laurent Fignon terminaba su biografía, (“Éramos jóvenes y despreocupados” ) y que ahora nos deja el regusto amargo de quien en realidad se está despidiendo de la vida y lo sabe. Decía Fignon "he sido solo un hombre que ha hecho todo lo posible por abrirse un camino hacia la dignidad y la emancipación. ser un hombre". Y no hay más que añadir.

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