lunes, 9 de mayo de 2011

Weylandt, uno de los nuestros

Estaba preparando una batería de entradas sobre el Giro que se corre estos días. De ese Giro, terrible en su diseño, del que circulan historias con el aroma de viejas leyendas. Se habla del descenso de Monte Crostis de tal forma que uno sólo puede evocarlo en sepia, como si fuese algo de lo que ya hablaban nuestros abuelos y no de algo para lo que aún faltan un par de semanas.

Estaba preparando una batería de entradas comentando eso precisamente, el exceso que supone esta edición de la ronda italiana a todos los niveles. Exceso de kilómetros, exceso de puertos, exceso de riesgos… algo de eso ya mencionaba Pedro Horrillo en su artículo de El País. Qué pensará, por cierto, en un día como hoy quien hizo uno de esos viajes que rara vez traen billete de vuelta. En esas andaba, planificando esa entrada y las posteriores, hablar de estos favoritos, de aquellas trampas, de esos aspirantes… desmontando, en definitiva, como si de un mecano se tratase, las tripas de esta carrera para entenderla mejor y porque no, la vanidad también juega esta partida, para comprobar cuanto de lo que sucederá era capaz de anticiparlo. En esas andaba, decía, cuando hoy el suelo desapareció bajo mis, nuestros pies, los de todos.

Weylandt, un belga al que aún evoco vestido de Quick Step, sin habituarme aún a verle con el maillot del Leopard, ha fallecido tras sufrir una caída en carrera (en casos así no me gusta usar la expresión “nos ha dejado”, parece que nos convierte en el centro de una desgracia de la que sólo somos pasivos y dolientes espectadores). De la historia de la caída no hablaré. Del habitual y efímero pero recurrente discurso del “hay que aumentar las medidas de seguridad” también quiero huir. Que escriban otros.

Es del Weylandt que todos los que nos subimos en una bici llevamos dentro del que quiero hablar. Del Weylandt que también se llama Kivilev, Casartelli o Isaac. Porque cuando te subes en una bici sabes que algo así te puede pasar a ti (o a los que marchan contigo), que la práctica del ciclismo implica ciertos riesgos tan reales que uno necesita ignorarlos sin perder de vista ni un segundo las precauciones necesarias para minimizarlos en un contradictorio juego de equilibros realmente delicado ¿cómo extremar tu cuidado sin pensar en los motivos que lo originan?

Así, cuando uno de los nuestros cae, llámese Weylandt, llámese Fabio, llámese como sea, no es sólo su muerte lo que nos duele, que también, es la nuestra propia y la de aquellos que junto a nosotros, pedalean. Porque cuando uno de los nuestros cae, nos está recordando de la manera más cruel, cuan frágiles somos, lo mínima que es la distancia que a veces nos separa de ser uno de los caídos. Puede que cada vez que uno de los nuestros muere encima de la bici, una parte de nosotros, o al menos de eso que nos empuja a subirnos a una bici, también se muera. Y de ahí ese dolor y esa profunda congoja y esas ganas de renunciar a algo para no arriesgar todo lo demás. Sabes que volverás, siempre vuelves, pero durante un instante, eterno, te preguntas ¿vale la pena? Y en esas ando yo ahora que el Giro ha dejado de importarme ¿vale la pena?

PD.: La foto no tiene nada que ver con el tema del post pero es una de las imágenes más bonitas que he visto sobre ciclismo y que más paz me transmite. Coppi y Bartali, eternos, creo que en el Galibier, en una mañana de hace muchas vidas. Es ahí donde corro a refugiarme hasta que las fuerzas vuelvan.

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