lunes, 20 de junio de 2011

el valor de los símbolos

Hace unos meses, buscando información sobre el recorrido de la Paris-Roubaix de este año, di con una sorprendente noticia, más bien con el eco de un rumor: la edición de 2011 no pasaría por Arenberg. De haber sido cierto, hubiese sido la cuarta vez desde que se incluyó por primera vez en el recorrido, allá por el año 1968. La diferencia con las tres anteriores ocasiones en que La última locura del ciclismo esquivó el Bosque de Arenberg es que entonces fueron tareas de mantenimiento del adoquinado lo que impidieron su paso. En esta ocasión era una decisión meramente estratégica, táctica.

Ardieron los foros entonces con la amenaza del cambio y en pleno delirio febril por la herejía supuesta se insinuó que ASO deseaba una carrera más suave para atraer a un espectro mayor de potenciales candidatos. No creo que fueran por ahí los tiros porque lo cierto es que rememorando las últimas cinco ediciones de la Gran Clásica, ninguna de ellas se decidió en Arenberg, tan lejos de Roubaix, con tanto adoquín de por medio. Como mucho se rompió momentáneamente la carrera pero nadie inició su viaje sin retorno en Arenberg, ni siquiera cerca.

Entonces ¿a qué se debía tanto revuelo? Porque lo cierto es que a mí mismo me indignaba la sola posibilidad de presenciar una Paris-Roubaix sin Arenberg. Concluí entonces que no era la merma del valor deportivo que la supuesta ausencia del paso por el bosque más famoso del ciclismo provocaría lo que nos indignaba. Era algo mucho más profundo y por ello mismo más doloroso: Era el menosprecio a un lugar sagrado.

El ciclismo es uno de los deportes más apegados a su mitología, será porque los escenarios nunca cambian, porque el Galibier, el Tourmalet, La Redoute, el Poggio o Arenberg están ahí desde mucho antes de que ninguno de nosotros fuésemos conscientes de su existencia y de lo que es más importante, de su trascendencia. Será porque en las historias que trascendieron el paso del tiempo convirtiéndose en leyendas, el lugar en que acontecían formaba parte activa de la propia historia. Será porque sólo en el ciclismo el aficionado comparte escenario con el deportista (¿se imagina alguien poder jugar en el Bernabéu o en el Madison Square Garden cuatro horas antes de una final? En el ciclismo puedes subir el Alpe d’Huez dos horas antes del paso de la carrera). Quién sabe, los factores probablemente sean innumerables y un poco de cada uno de ellos resulte ser la explicación pero lo que resulta innegable es que el aficionado al ciclismo profesa una especie de respeto reverencial, algo místico incluso, hacia ciertos lugares cuyo valor hace tiempo que trascendió el meramente deportivo para alcanzar la categoría de símbolos. En esa categoría hace tiempo que entró el Bosque de Arenberg y de ahí el revuelo. No se estaba tomando una decisión deportiva, se estaba profanando un lugar santo. Lo primero está sujeto a debate, lo segundo es inadmisible.

¿Y por qué? Pues creo que la respuesta habría que buscarla en la trascendencia que en el ciclismo tienen ciertos símbolos. Y ahora ya no me refiero simplemente a lugares específicos. Nadie concibe que el líder del Tour de Francia de repente vista de azul o que el propio Tour se corriese en octubre. El maillot amarillo y el mes de julio son rasgos definitorios de la identidad del Tour de Francia. Y alterar esos símbolos me temo que sólo contribuye al extravío del aficionado, a que éste pierda su capacidad de identificación con la carrera y por tanto, el interés por la misma. Los símbolos no son más que la representación física de una idea abstracta pero por ello mismo son los que facilitan esa identificación, en este caso del aficionado con la carrera, los que impulsan el sentimiento de pertenencia a algo que es y nos hace especiales. Y relativizar su trascendencia, sino en el aspecto deportivo, si al menos en el ánimo del aficionado acaba siendo interpretado por éste como una agresión a la misma esencia de aquello que siente como parte de sí mismo y que al mismo tiempo le une a los demás. Profanar, por tanto, uno de esos lugares sagrados del ciclismo equivale a escupir en una bandera o ridiculizar un himno. Una ofensa de difícil desagravio si no existe una causa mayor que lo justifique. Y como no era el caso de ahí la indignación que amenazó con incendiar los primeros meses ciclistas del año.

Afortunadamente ASO reaccionó a tiempo sofocando el conato de incendio y decidió no pegarse un tiro en el pie incluyendo el paso por Arenberg en el recorrido. Sabia decisión aunque fuese dejando incógnitas abiertas para el futuro: “La Paris-Roubaix no está obligada a pasar por Arenberg todos los años”. Ya veremos, de momento 1 a 0, ventaja: Los Aficionados.

No hay comentarios:

Publicar un comentario