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lunes, 25 de julio de 2011

el mismo vacío de todos los veranos

Hoy me voy a permitir una pequeña licencia: voy a publicar un post que escribí un día como hoy hace cuatro años para otro blog. Como el post y el blog eran míos estoy a salvo de cualquier acusación de plagio. De lo único que se me podrá acusar es de perezoso.

Son los últimos días de julio y de repente la vida parece haber quedado suspendida. Los círculos de amigos y conocidos se dispersan huyendo hacia el lugar de vacaciones como el que viaja en pos de la tierra prometida. Aquellos que buscan casa o trabajo posponen esa búsqueda para los primeros días de septiembre. Las tiendas donde compramos habitualmente han cerrado y las calles de las grandes ciudades se han quedado semidesiertas. durante al menos quince días el calor, que no cede a la noche, apenas nos deja conciliar el sueño. La vida en general, parece ralentizarse hasta casi detenerse.

Y en medio de este sopor, un lunes nos despertamos y desayunamos con el periódico del día y en la portada, siempre en la portada, alguien sonríe, vestido de amarillo y al fondo intuimos, difuminada, la silueta del Arco del Triunfo de París. El chico-hombre de la portada es el ganador del Tour de este año, a veces novedoso, a veces repetido, tres, cinco... siete veces. pero en realidad nos da un poco igual quién sea porque lo verdaderamente importante es qué es. Y es el Tour de Francia. El Tour que se ha terminado. Atrás, muy atrás, queda ya el rumor lejano que producía a primeros de junio, cuando empezaba a vislumbrarse su comienzo, cuando salían las listas definitivas de los equipos que iban a participar y las consultábamos ansiosos, reelaborándolas a partir de nuestras irrefutables opiniones construidas a lo largo de cuatro larguísimos meses de competiciones y carreras.

Poco a poco el rumor se iba transformando en estruendo, como el que producen cualquier cuerpo con una masa descomunal, desplazándose. Un mes, quince días, una semana... un extra recoge un análisis detallado hasta el absurdo del perfil de las etapas. Nuevas ansias, éstas intentando localizar los puntos clave de la carrera de este año. Esa contrarreloj antes de la montaña, las llegadas en alto, ¿más duros Alpes o Pirineos? Las etapas de media montaña tan propicias para emboscadas. El recuerdo de otros Tour que fueron y nos dejaron un poso de sabiduría que ha ido forjando nuestro conocimiento. Con suerte, hasta podemos buscar un punto preciso, tal vez dos, desde donde seguir la carrera en directo. Una idea fugaz pero arrebatadora de estar en París el último día.

Y un sábado, después de comer, en un mes en el que nunca pasa nada, pasa el Tour y entonces la vida se estructura alrededor de esas dos horas y media de televisión. Por la mañana volamos de una tarea a otra, tal vez pidamos salir antes del trabajo un par de días, alguno incluso ha cogido las vacaciones en esa semana que el Tour pasa por los Alpes. Comemos y el café (con hielo) se nos acaba mientras la etapa del día se consume. Termina y hacemos balance, con la etapa del día siguiente, eso si, muy presente. Es la primera semana y vale con no caerse, con no quedarse cortado. Llega la contrarreloj. Luego la montaña. Alguien queda en evidencia mientras uno de los fugados de la primera semana aguanta más de lo previsto. ¿Será el Walkowiak de este año? ¿El Chiappucci de 1990?

Y sin darnos cuenta nos encontramos en pleno nudo gordiano de la carrera y apenas quedan corredores con posibilidades reales de ganarla. El Tour se nos está escapando, aunque aún no somos conscientes porque estamos inmersos por completo en él, entre momentos de máxima euforia, de absurda tensión, de profunda decepción. El Tour se nos está escapando, como todos los años y otro sábado, sólo han pasado tres desde el primero pero parece que fue hace seis meses, nos sentamos como todos los días ante el televisor y paladeamos el sabor agridulce que tiene la que sabemos a ciencia cierta que será la última batalla, la contrarreloj del penúltimo día. Del Tour ya sólo queda un hilo. Un hilo que es una carretera por la que el domingo por la mañana, hasta la hora de comer, transita un pelotón exhausto y feliz, todos los líderes de las distintas clasificaciones, en cabeza. La foto. Y justo a la hora de la sobremesa les vemos acercarse a París. El equipo del líder en cabeza. Es la tradición. primero es el Sena, luego la Torre Eiffel al fondo, ligeramente escorada a la derecha. Más tarde la Plaza de la Concordia y los Campos Elíseos, son muchos Tours. Están en París. Ahora sí. Estamos en París, que nosotros, desde el sofá de casa, también hemos hecho el viaje de veintiún días con ellos. Unas cuantas vueltas, por favor, que nos resistimos a que esto se termine así. Un intento de fuga, una leve inquietud por si algo que nunca ha cambiado cambiará ese día ¿atacará el segundo? Un sprint, varias celebraciones, un podio, al fondo el Arco del Triunfo.

Es el Tour, que se ha terminado y nos ha dejado un vacío absurdo que sólo podremos llenar del todo once meses después.

Pero eso lo sabremos el lunes, desayunando, porque esta tarde aún nos queda París y un montón de imágenes que mañana ya serán recuerdos.

lunes, 4 de julio de 2011

10 improbables pronósticos sobre el Tour 2011

Tras el estruendo mediático que rodea los tres tiempos del Tour de Francia, el antes, el durante y el después, suelen esconderse, entre otras cosas, un exorbitante número de análisis, pronósticos y comentarios, alguno de ellos de los más relevantes periodistas de este pequeño mundo y otros tantos de advenedizos de última hora que se acercan al ciclismo una vez al año, tres semanas, para mantener el resto de la temporada una relación muy residual con las bicis. 

Como uno tiene la sensación de que no puede aportar mucho más al debate, que todo lo que diga ya lo habrá dicho otro antes o al menos más alto, he decidido limitar mi voz en este asunto a un decálogo de diez apuestas, tal vez deseos, aún no soy capaz de distinguir cuanto hay de uno y cuanto de lo otro en mis intuiciones sobre lo que sucederá en los próximos veintiún días, y no volver a mencionar la carrera francesa, sucesos extraordinarios aparte, hasta el día en que termine y sólo para comprobar cuanto de lo que hoy escriba aquí, se habrá cumplido. Con la certeza de que no se cumplirán ni la mitad de las expectativas, me pongo a ello.

1. La victoria de Gilbert en la primera etapa no sorprendió a casi nadie, a eso venía el belga. Sin embargo apuesto por él para la cuarta etapa, en el Mûr-de-Bretagne y arriesgando un poco más, creo que conseguirá también la victoria en Super-Besse aunque de esta ya no estoy tan seguro pero el riesgo de no perder nada me envalentona. Gilbert se irá con 3 victorias parciales.

2. El podio final será, por este orden, Contador, Robert Gesink e Ivan Basso. El holandés será además y por lógica, el ganador del maillot blanco al mejor joven, la montaña será para Sylvain Chavanel y la regularidad para Tyler Farrar. Por equipos, Leopard-Trek es mi favorito.

3. Contador ganará la etapa de Alpe d’Huez y aquí creo estar definitivamente confundiendo deseo e intuición.

4. El paso por los Pirineos será timorato, conservador y sólo en los últimos cinco kilómetros de Luz Ardiden veremos algo parecido a una batalla. Plateau de Beille no dejará más que algunos derrotados pero ningún vencedor claro y los anehlados cara a cara entre favoritos sólo tendrán lugar en la llegada al Galibier y en la del día siguiente al Alpe d’Huez.

5. Cavendish conseguirá dos victorias de etapa pero no llegará a París. 

6. Victoria de Contador al margen, el Tour será difícil para los españoles. Samuel Sánchez no pasará del quinto puesto y Luis León no creo que logre colarse en el top 10 aunque si que puede conseguir una victoria de etapa. Quizás en Pinerolo o Gap, cuando ya no cuente mucho para la general. Por lo demás, no creo que se consigan más de tres victorias parciales, quizá Movistar, quizá Rojas o José Iván Gutiérrez.

7. Van Garderen será la revelación entre los jóvenes y Evans la decepción entre los veteranos. De los Radioshack no espero gran cosa. Levi y Klöden me parece que llegan tarde a esta fiesta y Brajkovic demasiado apocado para el tamaño del desafío. Esto unido al hecho de que Menchov y Sastre estén fuera, de inicio, de este Tour escenificará el definitivo cambio generacional en la élite del ciclismo mundial, al menos en cuanto a grandes vueltas se refiere.

8. No habrá casos de doping ni durante ni después. Será un Tour de Francia limpio y digno en el que sólo se hablará de esfuerzo, victorias y derrotas, errores y aciertos tácticos, renovación y despedida de sponsors y fichajes para la temporada 2012.

9. Este pronóstico va más allá del final del Tour. Contador será exculpado definitivamente por el TAS, se legitimarán todas sus victorias desde el verano pasado hasta éste y sin embargo nadie se arrogará la responsabilidad de tanto despropósito.

10. Los chistes de Perico Delgado seguirán siendo tan malos como de costumbre y su presencia un valor tan incalculable como siempre. 

… y esto es todo. Hasta el 24 de julio que la realidad me ajuste las cuentas, disfrutemos.

lunes, 20 de junio de 2011

el valor de los símbolos

Hace unos meses, buscando información sobre el recorrido de la Paris-Roubaix de este año, di con una sorprendente noticia, más bien con el eco de un rumor: la edición de 2011 no pasaría por Arenberg. De haber sido cierto, hubiese sido la cuarta vez desde que se incluyó por primera vez en el recorrido, allá por el año 1968. La diferencia con las tres anteriores ocasiones en que La última locura del ciclismo esquivó el Bosque de Arenberg es que entonces fueron tareas de mantenimiento del adoquinado lo que impidieron su paso. En esta ocasión era una decisión meramente estratégica, táctica.

Ardieron los foros entonces con la amenaza del cambio y en pleno delirio febril por la herejía supuesta se insinuó que ASO deseaba una carrera más suave para atraer a un espectro mayor de potenciales candidatos. No creo que fueran por ahí los tiros porque lo cierto es que rememorando las últimas cinco ediciones de la Gran Clásica, ninguna de ellas se decidió en Arenberg, tan lejos de Roubaix, con tanto adoquín de por medio. Como mucho se rompió momentáneamente la carrera pero nadie inició su viaje sin retorno en Arenberg, ni siquiera cerca.

Entonces ¿a qué se debía tanto revuelo? Porque lo cierto es que a mí mismo me indignaba la sola posibilidad de presenciar una Paris-Roubaix sin Arenberg. Concluí entonces que no era la merma del valor deportivo que la supuesta ausencia del paso por el bosque más famoso del ciclismo provocaría lo que nos indignaba. Era algo mucho más profundo y por ello mismo más doloroso: Era el menosprecio a un lugar sagrado.

El ciclismo es uno de los deportes más apegados a su mitología, será porque los escenarios nunca cambian, porque el Galibier, el Tourmalet, La Redoute, el Poggio o Arenberg están ahí desde mucho antes de que ninguno de nosotros fuésemos conscientes de su existencia y de lo que es más importante, de su trascendencia. Será porque en las historias que trascendieron el paso del tiempo convirtiéndose en leyendas, el lugar en que acontecían formaba parte activa de la propia historia. Será porque sólo en el ciclismo el aficionado comparte escenario con el deportista (¿se imagina alguien poder jugar en el Bernabéu o en el Madison Square Garden cuatro horas antes de una final? En el ciclismo puedes subir el Alpe d’Huez dos horas antes del paso de la carrera). Quién sabe, los factores probablemente sean innumerables y un poco de cada uno de ellos resulte ser la explicación pero lo que resulta innegable es que el aficionado al ciclismo profesa una especie de respeto reverencial, algo místico incluso, hacia ciertos lugares cuyo valor hace tiempo que trascendió el meramente deportivo para alcanzar la categoría de símbolos. En esa categoría hace tiempo que entró el Bosque de Arenberg y de ahí el revuelo. No se estaba tomando una decisión deportiva, se estaba profanando un lugar santo. Lo primero está sujeto a debate, lo segundo es inadmisible.

¿Y por qué? Pues creo que la respuesta habría que buscarla en la trascendencia que en el ciclismo tienen ciertos símbolos. Y ahora ya no me refiero simplemente a lugares específicos. Nadie concibe que el líder del Tour de Francia de repente vista de azul o que el propio Tour se corriese en octubre. El maillot amarillo y el mes de julio son rasgos definitorios de la identidad del Tour de Francia. Y alterar esos símbolos me temo que sólo contribuye al extravío del aficionado, a que éste pierda su capacidad de identificación con la carrera y por tanto, el interés por la misma. Los símbolos no son más que la representación física de una idea abstracta pero por ello mismo son los que facilitan esa identificación, en este caso del aficionado con la carrera, los que impulsan el sentimiento de pertenencia a algo que es y nos hace especiales. Y relativizar su trascendencia, sino en el aspecto deportivo, si al menos en el ánimo del aficionado acaba siendo interpretado por éste como una agresión a la misma esencia de aquello que siente como parte de sí mismo y que al mismo tiempo le une a los demás. Profanar, por tanto, uno de esos lugares sagrados del ciclismo equivale a escupir en una bandera o ridiculizar un himno. Una ofensa de difícil desagravio si no existe una causa mayor que lo justifique. Y como no era el caso de ahí la indignación que amenazó con incendiar los primeros meses ciclistas del año.

Afortunadamente ASO reaccionó a tiempo sofocando el conato de incendio y decidió no pegarse un tiro en el pie incluyendo el paso por Arenberg en el recorrido. Sabia decisión aunque fuese dejando incógnitas abiertas para el futuro: “La Paris-Roubaix no está obligada a pasar por Arenberg todos los años”. Ya veremos, de momento 1 a 0, ventaja: Los Aficionados.