Llamadme clásico, anticuado,
inmovilista… llamadme lo que queráis pero para mí la temporada ciclista empieza
en febrero. Todas estas nuevas carreras que se corren en enero me recuerdan a
esos torneos veraniegos de la pretemporada de fútbol, cuando todo el mundo anda
encajando piezas y desperezando músculos y nada parece demasiado trascendente.
Son días en los que nadie va a arruinar su temporada y ninguna victoria te la
va a salvar. De hecho, si me apuráis, creo que la verdadera temporada no empieza
hasta los últimos días de febrero, con la disputa de las primeras clásicas
belgas. Hasta entonces son todo ensayos más o menos fiables, meras simulaciones
de situaciones que habrán de darse en el futuro y que como tales no tienen
demasiado valor más allá del de servir para automatizar ciertas respuestas.
Y sin embargo al observador
minucioso le pueden apuntar algunas de las líneas maestras que vertebrarán el
devenir de la competición en los siguientes meses. Y a veces las pasamos por
alto pensando que esas señales no son más que acontecimientos rutinarios y por
tanto carentes de significado en el contexto de todo un año. Y otras, sin
embargo, nos convencemos de que tras la forma de perder de éste o de la
apabullante victoria de aquel hay toda una compleja trama de causas y efectos
que habrán de desembocar, irremisiblemente, en un determinado resultado cinco o
seis meses después.
Este año, por ejemplo, en febrero
ya vimos a Cancellara salir derrotado de una contrarreloj. Fue en la prólogo
del Tour de Qatar, nada inquietante, aunque fuese frente a un corredor como
Boom, pensaríamos entonces, no será en estas disputas donde Fabian se hará
grande. Poco imaginábamos que en los siguientes ocho meses el suizo iba a
acumular mayor cantidad de derrotas en su especialidad de las que nunca
hubiéramos supuesto y en las más importantes citas que estaban por venir.
Por el contrario, en el Tour de Omán
asistimos a una exhibición de Gesink que a sus dos incontestables victorias de
etapa, una de ellas en contrarreloj, sumaba la victoria en la general final. Entonces
algunos, me cuento entre los profetas, inferimos sin posibilidad de revocación
que de estas aguas habrían de llegar aquellos lodos y en este símil más o menos
afortunado, las aguas eran sus victorias en el invierno asiático y los lodos el
podio de París allá por finales de julio.
La Volta al Algarve fue una de
las carreras que más señales nos iba a dejar en aquel segundo mes de
competición y no todos supimos interpretarlas. Por ejemplo, vimos la primera
victoria de Gilbert casi en su primer día de competición del año, nada nuevo
bajo el sol, si se había exhibido en el último día de competición de 2010,
porqué no habría de hacerlo en el primero de 2011. También vimos la primera
victoria de Tony Martin contrarreloj pero como los rivales no tenían excesivo
empaque no concluimos que hubiese nada extraordinario tras este logro, más
cuando el alemán pasa por ser uno de los grandes especialistas del mundo en la
lucha contra el crono. Y sin embargo ocho meses después ambas se nos presentan
como la génesis de una excepcional temporada, la insignificante chispa que
habrá de desembocar en el más glorioso incendio. Y por fin vimos a Contador,
exculpado por la RFEC un día antes de empezar la carrera que había conquistado
en 2009 y 2010, pero con la amenaza de una sanción definitiva del TAS
cerniéndose sobre él desde el mismo momento en que se le permitió correr. Y
algo nos quedó claro ya en febrero, la temporada que le esperaba al triple
ganador del Tour iba a ser turbulenta en el mejor de los casos.
Vimos a Freire extremadamente
fino en Andalucía, con dos victorias de etapa, y creímos que reinaría en San
Remo por cuarta vez. Sagan no dio opción en Sardegna, tres victorias de etapa
de cinco posibles y la general final. El mes de febrero de Sagan fue a su
temporada lo que su temporada completa apunta
que va a ser a su carrera: el inicio de algo extraordinario. Y así llegamos al
último fin de semana de mes, el de la Omloop y la Kuurne, cuando "todo
empieza". En la primera asistimos a una preciosa batalla bajo la lluvia,
sobre el húmedo pavés, entre Langeveld y Flecha, resuelta a favor del holandés,
cuanto le cuesta ganar a nuestro flahute
para todo lo que entrega. En la Kuurne fue Sutton quien consiguió la victoria
al sprint como desenlace de una decepcionante carrera.
Así que casi sin darnos cuenta
nos encontrábamos a las puertas de la Paris-Niza, donde tú, Xavi, habías
conseguido una excepcional victoria el año anterior y donde todos esperábamos
que repitieses. Y que pasasen otras muchas cosas aunque de todo esto ya
hablaremos.
| Puerto de Cotos en primavera |
Mientras, mi hermano y yo
habíamos empezado a acumular ascensiones como parte de nuestro particular tour de forcé. Subir Cotos para luego ir
hasta Navacerrada o las dos vertientes de Canencia más un retorno al
carril-bici de Colmenar fueron las salidas de nuestro segundo mes de
preparación, sólo interrumpida por un catarro a mitad de mes que nos impidió
completar el póker de sábados saliendo. A pesar de ello, a finales de mes ya
era el año que más salidas y kilómetros acumulábamos a esas alturas desde que
habíamos vuelto a montar cinco años antes.
Y en el horizonte el esbozo de otro
anhelo que hasta entonces había sido poco más que una quimera, la bravuconada
irreflexiva lanzada entre amigos al calor de una noche de eufórico colegueó, empezó a tomar formar, a
insinuarse como una realidad: en abril volveríamos al bosque de Arenberg y al
Velódromo de Roubaix. Íbamos a volver a la Paris-Roubaix, igual que en 2008, el
mismo año que habíamos estado por última vez en el Galibier. Sólo que esta vez
rodeados de los mejores amigos posibles. Iba a ser una fiesta.
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