Hola Xavi, hola Wouter.
Quería contaros que el sábado se
cayeron las últimas hojas de la temporada, que es una manera pretendidamente
poética de explicar que se disputó el Giro de Lombardía, la última batalla de este
año ciclista, aunque la UCI se empeñe en lo contrario con sus extraños y
retorcidos inventos, de hecho el último ha sido adelantar la “Clásica de las
hojas muertas” a finales de septiembre o principios de octubre, según el año,
para que se corra la semana después del Mundial. Ya veis que siguen sin
respetar nuestros símbolos más sagrados, si les dejan estos son capaces de
poner el Tour en marzo.
Ganó Zaugg, tu compañero en el
Leopard este año, Wouter. Fue una sorpresa, todos esperábamos a Gilbert, claro,
que ha completado un año excelso, probablemente irrepetible. Y si no, pues a
los Purito, Nibali, Van Avermaet, incluso Uran. Y no digo que Zaugg no se lo
mereciese, porque su ataque en Villa Vergano, justo después de la exhibición de Basso, fue demoledor. Después, bajando, tampoco
pudieron hacer nada por cogerle, pero aún así no deja de ser la victoria de alguien con
quien a priori no contaba nadie. Y es que creo que Gilbert ha llegado exhausto a final
de año. Lógico.
El caso es que siempre que veo el Giro de
Lombardia me da por hacer balance de la temporada que se apaga, no lo voy a negar, puede que hasta me ponga un poco nostálgico. Es como la Nochevieja
del año ciclista. Haces recuento de lo bueno y malo que tuvieron los nueves
meses de carreras, rememoras lo inolvidable, espantas lo que no quieres
recordar porque en realidad lo que desearías es que no hubiese sucedido y sin
casi pretenderlo empiezas a elucubrar con lo que traerá el nuevo año. Los nuevos patrocinadores que llegan, los viejos que se van, como les quedarán los nuevos maillots a los que cambiaron de equipo, los nuevos recorridos… de todo esto tendremos mucho en
2012.
Me acordaba viendo Lombardia de
cuando empezó la temporada, allá por enero ¿recordáis? Seguro que Xavi si, él
estaba allí, en San Luis, en Argentina, incluso ganó una etapa, la crono del cuarto día. Luego se desfondó y no pudo luchar por la general, que la ganó el
chileno Arriagada. Luego supimos, a primeros de marzo, que había dado hasta
cuatro veces positivo por stanozolol,
que me suena a la sustancia del falso positivo de Perico Delgado en el Tour del
88 aunque no estoy seguro. El caso es que sancionaron a Arriagada cuatro años y como está a punto de
cumplir 36, dudo que vuelva a correr en profesionales.
En Australia, mientras tanto, se
corría el Tour Down Under, una carrera que, dicho sea, me parece completamente
sobrevalorada en el calendario de la UCI. Es cierto que van muchos corredores
de primera línea pero casi todos a rodar sus primeros kilómetros y sólo los
australianos y los sprinters suelen tomársela realmente en serio. Este año, por
ejemplo, las seis etapas se resolvieron al sprint y la general final la ganó el aussie Cameron Meyer, del Garmin. Dos
días después de la victoria de Xavi en Argentina, tu compañero Fran Ventoso
ganaba en Australia, menudo debut de Movistar como patrocinador. Dos carreras,
dos victorias.
Luego llegó Langkawi, donde
vivimos la eclosión de un joven sprinter italiano, Andrea Guardini, que iba a dar mucho que hablar en esos primeros meses. Sin haber
cumplido veintidós años logró cinco victorias de etapa de un total de diez disputadas y su irrupción fue tal
que eclipsó el ganador final, el venezolano Monsalve y dejó el contador de otro
joven velocista, Kittel, en una única victoria. Ya hablaremos de ambos más adelante.
Pero todo esto vosotros lo sabéis
porque aún estabais con nosotros así que más que contároslo estamos recordando
juntos ¿verdad?
Sin embargo aún hay otras cosas
que no sabéis y que me gustaría contaros. Sobre todo porque pertenecen a mi pequeña historia, la historia de los sin Historia, que decía Borges o Benedetti o alguno
parecido. El dos de enero mi hermano y
yo empezamos nuestro largo camino con destino final el Galibier, allá para el mes de
julio, que raro, por cierto, evocar en mitad de los fríos invernales, los sofocos del verano para el que aún restaba tanto, en días y en kilómetros por recorrer. Habíamos estado hace tres años y entonces, novatos nosotros, cometimos
algunos errores, en la preparación y en la ascensión, que nos obligaron a claudicar
a cinco kilómetros de la cima. Desde entonces vivimos con la herida del
Galibier abierta y estábamos decididos a cerrarla este mismo año, para que
esperar más. El plan consistía en coger fondo a base de salidas largas y llanas primero
para después ir aumentando la dureza de esas salidas con ascensiones hasta
conseguir una especie de “simulación” del ascenso al Galibier haciendo la doble
vertiente de Navacerrada. El éxito de ésta no garantizaba el éxito de la
primera pero si no éramos capaces de completarlo, mucho menos íbamos a hacerlo
con nuestra montaña maldita. Así que en ese primer mes del año acumulamos
cuatro salidas de fin de semana y las dos primeras ascensiones, en realidad una
y media, ya que a mitad de La Morcuera, en su vertiente de Miraflores, nos
empezó a nevar y no quisimos repetir la experiencia de enero de 2009, cuando
nos encontramos placas de hielo en la cima y nos cayó un diluvio helado en el
descenso más dantesco que hemos hecho.
Pero el simple hecho de salir ese fin de semana era toda una declaración de principios, una auténtica proclama de lo en serio que íbamos esta vez, de lo absolutamente determinados que estábamos a que nada nos apartase de nuestro objetivo. Absolutamente nada. Y
así llegó febrero.
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