domingo, 17 de julio de 2011

fiebre en la carretera (2)

Aunque la irrupción en mi vida del ciclismo como deporte profesional había sido deslumbrante, avasalladora, lo cierto es que durante algunos años su presencia dentro de mis preferencias se iba a limitar, básicamente, a las tres semanas que duraba la Vuelta Ciclista y, en menor medida, a las otras tres que duraba el Tour de Francia. Como el comienzo de la Vuelta solía ir acompañado además de la llegada del buen tiempo, aprovechaba también para jugar con mis amigos a las carreras de chapines en la arena y para bajar a montar en bici con mi hermano. Veíamos en la televisión la Vuelta Ciclista y después de ocho meses de fútbol, cuando bajábamos a la calle ya no queríamos ser Santillana, Quini o Arkonada. Ahora queríamos ser Álvaro Pino, Ángel Arroyo o Marino Lejarreta. Y yo quería ser Julián Gorospe. Daba igual que fuese para dar vueltas en bici a la manzana donde vivíamos o para disputar ferozmente la siguiente carrera de chapines sobre el recorrido que habíamos trazado en la arena. Una vez al año, durante un mes al menos, el ciclismo era el centro de nuestra vida. Y poco importaba que después su presencia se volviese más residual y que nuestra atención se desviase hacia otros eventos. Mayo era ciclismo y bicis y chapines. Y eso nada lo iba a cambiar.

Así las cosas, la Vuelta Ciclista de 1984 la recuerdo como la primera cuyo comienzo ya había aguardado expectante desde semanas antes. Eliminado ya el factor sorpresa del año anterior ahora vivía en un estado cercano a la ansiedad anhelando el comienzo de la carrera desde que, semanas antes, en diarios y televisiones (televisión sería más exacto decir pues por aquel entonces TVE aún era la mejor televisión de este país) se empezaba a comentar los primeros datos de la carrera que se aproximaba. Recorrido. Equipos definitivos. Ausencias notables. Favoritos. Estaba realmente convencido de que el mío, Julián Gorospe, iba a ser el vencedor de aquella edición. No podía ser de otra forma. 

Durante tres semanas volví a vivir pendiente de los resúmenes nocturnos de los que no perdía detalle. Los fines de semana me sentaba frente a la televisión después de comer dispuesto a paladear ese novedoso placer que durante la semana me había sido negado por el inadmisible motivo de que coincidía con el absurdo horario del colegio. La Vuelta Ciclista ya era un acontecimiento de primer orden dentro de mi vida y durante el tiempo que duraba apenas era capaz de prestar atención a cualquier otro suceso.

Estaba a punto de cumplir nueve años y entre la edición del año anterior y aquella de 1984 no creo que hubiese llegado a ver la retransmisión de más de ocho o diez etapas y un buen puñado de resúmenes en mi corta vida de aficionado al ciclismo. Por eso mi conocimiento sobre su naturaleza, sobre su idiosincrasia era menos que superficial, era casi inapreciable. Mi atracción por el ciclismo era por entonces, supongo, meramente estética. Me fascinaba la puesta en escena del deporte en sí mismo. Las bicis, tan distintas de las bicis que veía por la calle, el contexto donde se desarrollaba la competición, alejado de pabellones y estadios, por pueblos y montañas remotas… quién sabe lo que pasa por la cabeza de un niño de ocho años para sentirse atraído de esa manera tan irracional y a la vez inevitable por algo. El caso es que durante aquella Vuelta Ciclista tuve oportunidad de empezar a comprender, a desentrañar ese misterio oculto tras aquel deporte cuyo magnetismo ya me resultaba, de por si, irresistible.

Y es que en algunos aspectos aquella edición de la Vuelta fue histórica aunque, obviamente, eso no lo supe en el momento y no fue hasta años después cuando comprendí la trascendencia que el particular desarrollo de la Vuelta de 1984 había tenido en la manera en que el ciclismo, como competición, se había construido en mi cabeza. 

Cuando terminó la contrarreloj del penúltimo día, que por cierto ganó Julián Gorospe, no era capaz de entender, de hecho me negaba a aceptar lo que los locutores y comentaristas ya daban por supuesto: Alberto Fernández había perdido la Vuelta Ciclista por tan sólo 6 segundos. ¿Cómo podían afirmarlo tan tajantemente? Aún quedaba una etapa más y 6 segundos era un lapso de tiempo tan breve que lo difícil parecía no remontarlo. Estaba tan seguro de que lo conseguiría en la última etapa que al día siguiente me senté frente a la televisión, junto a mi hermano, quien ya tenía por aquel entonces al cántabro como su corredor favorito, convencidos de que íbamos a presenciar un milagro de última hora.

Pero no hubo tal milagro y el francés Eric Caritoux acabó haciéndose con la victoria. Jamás volvió a estar siquiera cerca de subir al podio de ninguna Gran Vuelta pero aquel mes de mayo vivió su particular Canto del Cisne. Yo, por mi parte, durante aquellas tres semanas, sobre todo en los últimos dos días, aprendí algunas reglas que hoy se me antojan como leyes fundacionales del ciclismo y que si intento remontarme al momento en que tomé conciencia de su existencia, vuelvo siempre a aquellos días de mayo de 1984. Hablo de aspectos como que en una llegada al sprint a todos los corredores se les dé el mismo tiempo. Que no es nada fácil, que de hecho es casi imposible, sacar de rueda al pelotón aunque sea para conseguir una escueta ventaja de 7 segundos. Que la última etapa de una Gran Vuelta se resuelve al sprint y los favoritos no se atacan entre sí obedeciendo a un inusual pacto entre caballeros. También comencé a apreciar los distintos matices que convierten a un rodador, un escalador o un sprinter en corredores completamente distintos, casi en deportistas distintos.

Y hubo una lección más que me dejó aquella Vuelta Ciclista, aunque tardó siete meses en llegar. Un día de principios de diciembre supimos que Alberto Fernández había muerto en un accidente de tráfico. Con Alberto Fernández había empezado a profundizar en mi conocimiento sobre ese nuevo deporte que me había fascinado un año antes, incluidos algunos de sus aspectos más amargos. Pero también aprendí una lección de las más tristes relativas a la vida más allá del deporte: los famosos también se mueren. Más tarde vendrían Fernando Martín, Juanito, Kurt Cobain, Drazen Petrovic, Antonio Martín Velasco, Ayrton Senna, Fabio Casartelli, Pantani, el Chava… Weylandt, Tondo. Muertes todas ellas que por un motivo u otro me impactaron en mayor o menor grado. Pero si pienso en quien fue el primero, en el momento en que supe que uno de aquellos personajes a los que contemplaba a través de mi pequeña televisión en blanco y negro eran además personas reales con una existencia propia y que en ella eran tan vulnerables, que estaban tan expuestos como cualquiera de nosotros al infortunio, entonces Alberto Fernández es el primer nombre que se me viene a la cabeza.

Tan cierto como que sin Pedro Delgado todo hubiese sido distinto en mi relación con el ciclismo es que Alberto Fernández es un personaje fundamental en la génesis de esta historia y aunque estos post de "fiebre en la carretera" vayan a continuar, éste al menos está dedicado a su memoria.

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