Dicen los himalayistas del K2 que es la Montaña Perfecta, en parte por su forma, una pirámide casi perfecta, y en parte porque precisamente su particular orografía inusualmente simétrica junto a su localización, en el valle del Karakórum, rodeado de montañas mucho más bajas, la convierten en la más inaccesible del planeta. Prueba de ello es que ostenta el siniestro honor de ser el ochomil con el ratio más alto de muertes por asaltos a la cumbre. Casi uno de cada cuatro alpinistas que han intentado hollarla, han muerto en el intento.
Viene todo esto a cuento de que hoy pensaba hablar del Galibier, la montaña perfecta del ciclismo. Es cierto que existen puertos con mayor longitud, con un desnivel más abrupto, con mayor pendiente media, con mayor altitud… pero ninguno reúne todas esas características en las proporciones que lo hace en el Galibier en su vertiente norte, esto es, desde Saint-Michel-de-Maurienne. Además, existen ciertas peculiaridades ocultas a simple vista que le convierten en una montaña única.
Para empezar es un puerto tramposo. Y me explico. En un primer vistazo a los datos más generales relativos a la ascensión, uno llega a una conclusión aparentemente clara: es largo pero asequible, sólo hay que tener paciencia. Al fin y al cabo son 35km al 5.5%, una pendiente media perfectamente asumible, incluso algo baja comparada con los puertos que hay cerca.
Primera trampa: desde que se corona el Télégraphe, en el kilómetro 12 de la ascensión, hasta Valloire, hay cinco kilómetros de ligero descenso que, lógicamente lastran la pendiente media total. Sin ese tramo, sería del 6.9%, casi un 7%.
Segunda trampa: los tres primeros kilómetros del descenso hasta Valloire no llegan al 3%, es decir, hay que seguir pedaleando, cuesta abajo pero pedaleando. No es el típico descenso en el que uno puede relajarse, soltar las piernas y recuperar.
Tercera trampa: entre los kilómetros 19 y 21 la pendiente no supera el 4%. Sin ellos la pendiente media del puerto asciende a 7.3% en 27 kilómetros de ascensión.
Y cuarta trampa, probablemente la definitiva, la que marca la absoluta singularidad de esta ascensión: la distribución del desnivel. Hasta Plan Lachat, es decir, hasta el kilómetro 27 de la ascensión nos hemos enfrentado a un puerto duro, muy duro… pero como decía antes, abarcable. Es a partir de este punto donde la montaña se vuelve más hostil, más inaccesible. La pendiente media de los últimos ocho kilómetros supera el 8.1% de desnivel (incluso si uno decide atacarlo hasta la cumbre real y no pasar por el túnel, los últimos 250 metros son al 8.8%). Ocho kilómetros a más del 8%... después de haber subido 27 kilómetros en torno al 6-7%. Ocho kilómetros a más del 8%... a dos mil metros de altitud. Si la subida a Navacerrada, por su lado de Madrid, estuviese en esos ocho kilómetros finales, no serían tan duros (son 8.7 kilómetros al 7.4&). Para cualquiera que haya subido Navacerrada este dato dará idea de lo que supone afrontar ese desnivel en ese momento de la ascensión
Pero es que esto no es todo. Porque además hay otros aspectos intangibles, imposibles de cuantificar, que juegan su papel decisivo en esta ascensión. Por ejemplo, a partir de Valloire la vegetación va desapareciendo progresivamente hasta quedar reducida a un fino tapiz de algo a medio camino entre el musgo y la hierba. El resto son rocas y tierra. Viento y sol. Son dieciocho kilómetros expuesto a los caprichos del clima. Si hace viento no se puede contar con árboles que mitiguen su efecto. Si brilla el sol no hay una sola sombra donde refugiarse. Ascender el Galibier es, en cierto modo, como caminar por el desierto.
Y finalmente está el tema de la altitud. Es sabido que a partir de los 2000 metros de altitud es cuando el nivel de concentración de oxígeno en el aire disminuye y por lo tanto se pueden presentar los primeros síntomas de hipoxia que, en la montaña, se conoce como “mal de altura”. Cualquier ejercicio aeróbico que se realice por encima de esta altitud multiplica sus efectos negativos sobre el cuerpo precisamente por esa ausencia de oxígeno. Es justo a partir de los 2000 metros cuando el Galibier te va a pedir todo lo que te quede y no te haya quitado ya porque es a partir de ese punto, justo en ese momento, cuando empieza lo más duro de la subida.
Al salir de Valloire hay una larga recta, eterna, a más del 10%. Hace tres años afronté, junto a mi hermano, la subida del Galibier desde Saint-Michel-de-Maurienne y, pese a haber llegado sorprendentemente frescos hasta allí, en aquella recta infinita sepultamos cualquier posibilidad de llegar a la cima. Fue la trampa definitiva que nos tendió el Galibier. Logramos llegar a Plan Lachat, incluso hicimos 3 kilómetros más, hasta el 30, superando agónicamente rampas del 12%. Entonces, justo en la zona donde el Galibier nos devolvió nuestra arrogancia convertida en insignificancia, en un tramo de algo más de un kilómetro (parte del 29 y casi todo el 30) que tiene un 10% comprendimos que no íbamos a poder llegar mucho más allá. Una mezcla de falta de fondo físico (al fin y al cabo se trata de una ascensión que, para un globero como nosotros, significa algo más de 3 horas) y de falta de previsión respecto a la comida y sobre todo la bebida que íbamos a necesitar nos impidió conseguir nuestro objetivo. Esta semana, sin el accidente al que ya hice referencia en el post “el insignificante triunfo de los mediocres” y sin la influencia de aspectos económicos habríamos vuelto a intentar el ascenso al Galibier en la semana en que se conmemora el centenario de su primera ascensión en el Tour de Francia. Es el tercer año en que los imprevisibles avatares de la vida nos impiden llevar a cabo nuestro anhelo.
Y sin embargo tampoco eso es relevante. Una de las cosas que he aprendido en estos años montando en bici es a tener paciencia y que todo siempre se puede volver a intentar, que siempre se puede volver. Las montañas, el Galibier, seguirá ahí el año que viene. Y seguirá ahí después, mucho después, cuando nuestra existencia ya sólo sea el eco sordo de un grito ahogado en la noche de los tiempos que el viento agite a 2645 metros de altitud, en el mismo lugar donde hoy nos trae el rumor de aquellos que hace cien años, cuando ninguno de nosotros existíamos, lo transitaron por vez primera enseñándonos no sólo el camino, también y lo que es más importante: que era posible.


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