Voy a escribirlo ahora, en caliente, apenas unas horas después de que haya terminado la etapa. Ahora que las imágenes aún son sensaciones y no simples recuerdos.
Nunca lo podremos olvidar. Hay tantas y tantas cosas que comentar, tantas imágenes que retener para siempre que se hace difícil elegir un punto desde el que partir, un camino que seguir. Así que puestos a elegir, elijo Héroes.
Andy Schleck. Pertenezco al grupo de aficionados, periodistas, incluso ciclistas (Basso, Roche…) que vienen criticando con dureza desde hace tiempo la actitud del luxemburgués, sobre todo en este Tour. En Pirineos corrió demasiado obsesionado con marcar a Contador y en las etapas de transición mostró carencias, en el descenso camino de Gap, y nervios, sus quejas por el trazado resultaron ridículas y sonaron a pataleta de niño consentido que se ha quedado sin su juguete. Pero entonces llegó el Izoard, un puerto donde uno puede asomarse al abismo de la Historia de este deporte, donde las rocas, peladas y lunares, exudan la épica de un tiempo en que se forjó la leyenda que vertebra el ciclismo. En el Izoard, donde uno siente que puede pedalear tras la estela fantasmal y eterna de Coppi, Bartali, Bobet y tantos otros Dioses de este deporte mientras cruza su Casse Déserte en solitario, como un día enunció Bobet que debía hacer todo gran campeón al menos una vez en su vida. Desde entonces la sentencia es Ley. En ese puerto fue donde Andy lanzó no sólo su órdago más atrevido a la carrera que pretendía ganar, si no donde proclamó a los cuatro vientos que tipo de ciclista quiere ser, de qué manera quiere ganar este Tour y lo más importante, de qué manera estaba dispuesto a perderlo. Dijo Cancellara, su compañero, el año pasado, al completar su memorable doblete Flandes-Roubaix, que él corre para la leyenda. En el Izoard Andy Schleck corrió en pos de esa leyenda, porque no sólo trató de ganar el Tour, intentó hacerlo buscándose un hueco en un altar mucho más selecto y meritorio que el de los vencedores: el de los mitos que trascienden su propio palmarés. Se podrá cuestionar la actitud de sus rivales, innoble manera de denigrar algo tan grandioso me parece a mí, pero eso no cambia una coma de la historia que intentó escribir Andy. Su aventura era un viaje sin retorno hacia la inmortalidad y en este ciclismo de pinganillo y miedos, ese es un mérito de un valor incalculable. ¿Perderá el Tour en la crono contra Evans? Probablemente. ¿Pero acaso eso tiene ya algún valor?
Cadel Evans. De la misma manera que he criticado a Schleck ciertas actitudes, del australiano también ha habido siempre algunos aspectos que me han parecido más que cuestionables. Cierto que es guerrillero cuando el terreno le favorece, en puertos de media montaña, en clásicas, en vueltas pequeñas y que si está, se le ve. Pero siempre ha corrido a la contra en las grandes vueltas, siempre buscando alguien en quien apoyarse, un báculo que sustente sus carencias. Ayer, cuando el Lautaret mutaba en Galibier, Evans comprendió sin embargo que, al igual que Andy Schleck, había llegado el momento de decidir como quería ganar este Tour y, como el luxemburgués, de qué manera estaba dispuesto a perderlo. Fue entonces cuando clavó su cuadrado mentón en la potencia de su manillar al que se asió por las manetas del freno como un náufrago se agarra a una tabla, con esa misma firme desesperación y sin volver la vista atrás se lanzó Galibier arriba tras la estela de Andy al que le fue recortando la ventaja poco a poco en una persecución que tuvo mucho de cacería, como si la victoria fuese un premio insuficiente y al final todo se tratase de una huida hacia delante persiguiendo cada uno de ellos su propio orgullo herido de campeones. Y todo eso sucedía en un escenario tan desmesurado como es cualquiera de las dos laderas de nuestra Montaña Perfecta, donde uno sólo puede intentar no resultar insignificante batiéndose como un Dios. Evans salvó la carrera y se salvó él y ya nunca más le llamaremos chuparruedas porque si, como parece, acaba ganando este Tour, lo habrá hecho siguiendo la única rueda que le podía llevar hasta lo más alto, la de si mismo, la del Evans que no pacta rendiciones.
Alberto Contador. Hasta este Tour y salvo contadas excepciones, hemos conocido a Alberto en la victoria. Alberto con el viento a favor. Ayer el corazón se nos encogió un poco viéndole claudicar a dos kilómetros de la cima como hace quince años se nos encogió una tarde de julio tan parecida a esta cuando Miguel Induráin nos mostró, tras cinco años de excelencia, su lado más humano camino de Les Arcs. Todos tuvimos entonces la sensación de que queríamos un poco más al navarro, sólo un héroe caído conmueve más que un héroe infalible. Ayer todos tuvimos la sensación de que Alberto era un poco más nuestro aún y le hubiéramos dado una palmada de colegas en la espalda y le habríamos dicho al oído unas palabras de ánimo. Le habríamos dicho que, sin que se le suba a la cabeza, le queríamos un poco más. Pero en las contadas ocasiones en las que hemos visto a Contador enfrentarse a la derrota, lo ha hecho, como decía Rudyard Kipling, tratando a estos dos impostores, el triunfo y el fracaso, de la misma manera, esto es, con la dignidad intacta. Dijo Contador en la cima del Alpe d’Huez que ayer, tras terminar la etapa de Serre Chevalier, sólo pensaba en que hoy tenía que salir a darlo todo desde el principio, que le daba igual ser quinto que vigésimo cuarto en la general porque todo lo que no sea ser primero, no le vale. Su ataque nada más empezar el Télégraphe, a noventa kilómetros de la meta, con la ascensión más devastadora del mundo del ciclismo por delante, sin mirar nunca hacia atrás, sin perder de vista el horizonte, probablemente corriendo sólo tras su propia estela, la de lo que pudo haber sido sin el tormentoso año que ha vivido, suponía un acto de rebeldía ante su propio destino y casi un acto de desacato a la propia naturaleza, a la suya y a la del territorio que transitaba. Si Andy Schleck buscó entrar en la leyenda con su ataque en el Izoard, a sesenta kilómetros de meta, lo que Alberto buscaba era directamente El Absoluto porque si la aventura le hubiera salido como él proponía, Alberto no habría entrado en la leyenda, Alberto hubiese sido La Leyenda y hay aquí un matiz que es más que lingüístico o semántico. Entre otras cosas porque lo ha hecho en un escenario que sobrepasa cualquier consideración, en el Galibier, donde nunca pasa nada insignificante, donde Pantani, por poner un ejemplo, sacó el ciclismo de las cloacas y lo subió al cielo una tormentosa tarde de julio de 1998, por no remitirnos a gestas más antiguas.
Limitado por la fatiga y el desgaste de una erosiva temporada, y no sólo en lo deportivo, Contador cedió a su intento de conseguir la victoria más memorable de su vida y buscó entrar, al menos, en el ilustre y selecto club de los ganadores en Alpe d’Huez, la cima-meta-icono del Tour de Francia. Atacó a diez kilómetros de la cumbre, soltó a Andy y Evans que no pudieron seguirle de cerca y decidieron marcarle de lejos. Cogió y soltó a Hesjedal y Rolland y voló, al menos durante unos kilómetros, convenciéndonos de que su carácter indomable tendría premio. No fue así y el francés se rehízo tras la estela de Samuel Sánchez para acabar rematándolos a los dos. Poco importó ya que en meta las fuerzas no le dieran más que para ser tercero. Poco importó que no ganase la etapa y poco importa que no vaya a ganar el Tour. Cuando la derrota es tan bella, la victoria es insignificante.



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