martes, 6 de septiembre de 2011

de Anglirus y "Tappones"

Entre las múltiples ventajas de las que goza mi vida familiar siempre cuento con la posibilidad de verme inmerso en cualquier discusión que tenga por objeto el más disparatado de los temas con las más imprevisibles posturas y argumentos de por medio. Una de las últimas y de las más jugosas de este verano que expira surgió el domingo pasado a raíz de la llegada de la Vuelta al Angliru. 

Quedaron los bandos, somos españoles, no hay posturas, hay bandos, quedaron los bandos, decía, alineados en torno a dos ideas mucho menos contrarias en esencia que en apariencia. Por un lado la defensa a ultranza de este tipo de subidas extremas, hablamos de Angliru, Zoncolan o Mortirolo, por nombrar las más reseñables, como máxima expresión del ciclismo de montaña y por tanto del ciclismo como espectáculo. Y en el otro rincón de tan peculiar ring la postura a la que me encuentro más cercano: son las etapas con varios puertos de primera y "Hors Catégorie" las que guardan la verdadera esencia del ciclismo, sino como espectáculo, si al menos como deporte.

Las razones de quienes defienden la primera postura, creo que esta no es sólo una discusión familiar, se refieren por un lado a la ausencia de cualquier labor de equipo, lo que desnuda al ciclista haciendo patentes tantos su virtudes como sus carencias a la hora de afrontar una subida. Se le añade a este factor el mero espectáculo casi morboso de ver a los corredores retorcerse en rampas imposibles. Tiene el espectador del ciclismo un anhelo casi insaciable de comprobar cuales son los límites de nuestra especie. Escarmentando, eso si, en cabeza ajena, como dice el refrán.

Sin negar las virtudes de este tipo de subidas, por tanto sin anular los argumentos de los que las defienden, me encuentro sin embargo entre los que prefieren la otra opción, la de las etapas con acumulación de puertos y desniveles, las de ese tipo de etapas que los italianos, reyes del argot ciclista, denominan tappones. Viene mi preferencia justificada, sobre todo, por la inmensa riqueza táctica que estas etapas pueden llegar a llevar asociadas. Cualquier etapa de una gran vuelta es ya de por si una lucha de intereses contradictorios muchas veces, coincidentes algunas, paralelos las menos. Las luchas intestinas por cada uno de ellos multiplica sus efectos sobre la carrera en este tipo de trazados respecto a una etapa llana, por ejemplo, convirtiendo a los corredores en piezas de un complejo tablero donde cada acción genera una serie de reacciones de efectos imprevisibles.

Este año, por no hacer de la nostalgia leña con la que alimentar el fuego que arde en el otro bando, tenemos al menos dos buenos ejemplos de lo que puede dar de si un recorrido exigente con una situación de carrera compleja. La etapa de Val di Fassa en el Giro o la de Serre Chevalier en el Tour son un buen ejemplo del nivel de complejidad que puede llegar a adquirir el desarrollo de una etapa cuando todas esas luchas entran en conflicto. 

Pero como decía al principio, no son posturas irreconciliables, por más que la militancia en una de las dos parezca implicar una renuncia expresa a la opuesta. Si la discusión es cual de las dos opciones prefiero, siempre elegiré la segunda, la de los tappones. Ahora bien, si la discusión es si estas ascensiones extremas deben aparecer en los recorridos de las grandes pruebas mi respuesta es sí… siempre que no condicione en exceso el desarrollo del resto de la carrera, ni por delante ni por detrás. Y fue en este farragoso terreno donde se adentró la discusión toda vez que quedó claro que en cuestión de preferencias los argumentos juegan un papel relativo frente al absoluto de las emociones.

Esta edición de la Vuelta que se aproxima a su ocaso ha tenido, según mi parecer, el recorrido peor diseñado de los últimos años y sin pretender ahondar demasiado en este aspecto (pensaba escribir otro post sobre este tema), si creo que la subida al Angliru, en relación con las otras etapas de montaña de la Vuelta, ha condicionado demasiado el comportamiento de los corredores que han ido dejando, como estudiantes perezosos, las tareas pendientes para el último momento convirtiendo las ascensiones a la Covatilla y sobre todo Sierra Nevada y Manzaneda en escenario de un tímido intercambio de golpes cuya función principal parecía más una toma de medidas de fuerzas que causar un auténtico daño. Cierto es también, no quiero ser acusado de ventajista, que en esta situación han podido influir aspectos más relacionados con la propia naturaleza de esta Vuelta en concreto, es decir, de los corredores que por ella han competido que por el diseño en sí mismo, pues cuesta creer que una Vuelta con un Igor Anton o un Nibali al nivel del año pasado obligados a recuperar en montaña lo que hubiesen perdido en la crono con Wiggins, con un Scarponi al nivel del Giro, o incluso con un Contador al nivel de 2008 (última vez que se subió el Angliru) hubiera tenido un desarrollo similar en todas y cada una de las ascensiones mencionadas.

Llegados a este punto creo por tanto estar en disposición de lanzar mi conclusión. Angliru, y quien dice Angliru dice Zoncolan o Mortirolo, si pero nunca como la última gran etapa de montaña y desde luego, jamás como la Gran Etapa de montaña. Situaría yo, por tanto, esta etapa entre el décimo y el decimoquinto día aproximadamente, evidentemente condicionado todo esto por el resto del recorrido y siempre con, al menos dos grandes etapas de montaña después. Volviendo a la Vuelta de este año hagamos un pequeño ejercicio de imaginación ¿cómo de interesante estaría ahora mismo la carrera si, con las diferencias que se generaron en el Angliru aún tuviésemos por delante, por poner un ejemplo, la subida a los Lagos de Covadonga y San Isidro o Cotobello? Por qué una cosa si tengo claro y en esto tienen razón los que defienden las subidas tipo Angliru. Ahí no hay apenas tácticas de equipo y las diferencias se harían si o si, lo hemos visto todas las veces que se ha subido pues no se trata de ciclismo de competición si no de supervivencia. Es extremo, es atractivo… pero no es El Ciclismo. No al menos para mi (y ahora sólo espero que mi familia no lea esto).

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