Vaya por delante antes de soltar los perros que lo que a continuación voy a detallar son tan sólo algunas propuestas para mejorar el ciclismo, que como tales son discutibles y probablemente no generen una mejora absoluta y por contra tengan algún que otro efecto negativo en otra parte, la teoría de la manta corta aplicada al ciclismo. Que si bien de algunas de ellas tengo la certeza de que suponen una mejora sustancial sobre lo existente, otras me generan más dudas aunque creo que merecería la pena al menos que se comprobase su eficacia poniéndolas en práctica durante un tiempo. Y vaya por delante, sobre todo, que como mero aficionado soy ajeno y por tanto desconocedor de ciertas dinámicas internas del ciclismo por lo que el patinazo en algunas de las cuestiones que pretendo plantear puede ser mayúsculo pero como no me mueve otro interés que no sea aportar ideas para la mejora del ciclismo no me causa el menor pudor quedar retratado como el profano que soy.
Antes de adentrarme en el desglose de las medidas a tomar querría aclarar que todas ellas nacen de una reflexión en cuya génesis se encuentra una idea de la que no voy a cometer la imprudencia de apropiarme y no es otra que la concepción del deporte profesional no sólo como tal si no también como un espectáculo que necesita del consumo de masas para existir. Y en el caso del ciclismo este axioma adquiere una dimensión vital pues si en otros deportes la existencia de patrocinadores delimita COMO va a existir ese deporte, en el ciclismo directamente determina su existencia. Sin patrocinadores no existiría el ciclismo profesional. Ahora bien, ¿qué tiene que ofrecer el ciclismo para que un patrocinador decida invertir su dinero en él? Parece evidente que la posibilidad de rentabilizar su inversión en forma de publicidad, que en este caso concreto se obtiene a través de su aparición en los medios de comunicación, sobre todo en televisión. Llegados a este punto cambiemos de actor y pensamos como responsables de una cadena televisiva. ¿Por qué dar ciclismo? A esta pregunta, por desgracia, sólo puede responderse de una manera: porque tiene audiencia. ¿Y por qué va a tener audiencia el ciclismo? Hablo de España, el país que conozco, asumiendo que más allá de nuestras fronteras las cosas son distintas y que en Bélgica, Holanda, Francia o Italia la afición al ciclismo está mucho más consolidada. En España cualquier deporte sólo interesa cuando hay una figura de nivel mundial. El ejemplo más gráfico resulta la Formula-1. Hasta la aparición de Alonso la afición por este deporte era residual y sé de lo que hablo pues yo debí de ser de los pocos que se indignó cuando en los años previos a la aparición de nuestro insigne asturiano el mundial ni siquiera fue televisado. Sin embargo ahora todo el mundo sabe de Formula-1 y las cadenas privadas se pegan por sus derechos televisivos. Es decir, si tuviésemos una figura de nivel mundial, en teoría, el ciclismo debería atraer masas de espectadores ávidos de la gloria nacional. Sucede que el mejor corredor del mundo, al menos el mejor en las Grandes Vueltas es español. En el año 2008, por ejemplo, Alberto Contador ganó Vuelta al País Vasco, Giro y Vuelta a España, Alejandro Valverde la Lieja y Dauphiné, Carlos Sastre el Tour de Francia y Samuel Sánchez el Oro Olímpico. Este hito no tenía precedentes en la historia del ciclismo. Es decir, no sólo el mejor corredor del mundo es español si no que hay al menos media docena de corredores españoles entre los mejores. Siguiendo con el símil de la Formula-1 es como si además de Alonso, Massa, Webber y Button fuesen también españoles. ¿Entonces por qué el ciclismo no resulta tan atractivo para las cadenas de televisión? A esta incógnita sólo se me ocurre responder que el ciclismo no sabe venderse a sí mismo como el espectáculo que puede llegar a ser. Y es ésta, en definitiva, la causa última que me lleva a reflexionar sobre las medidas que, creo, convertirían al ciclismo en algo mucho más atractivo para el espectador y por tanto para televisiones y patrocinadores.
Mucho se ha hablado de los escándalos de doping como el germen de todos los males del ciclismo. Incluso desde algunos estamentos se abanderan cruzadas con el advenimiento de una tierra prometida de una pureza competitiva sin igual como fin único. No seré yo quien exculpe a los tramposos y quien menosprecie el efecto de estos escándalos en el ánimo de los posibles patrocinadores pero si me permito relativizar su influencia como origen único de estos males. Es más, me atrevería a asegurar que las luchas de poder entre UCI, Federaciones nacionales y AIOCC (Asociación Internacional de Organizadores de Carreras Ciclistas) tienen tanta o mayor responsabilidad en esta situación porque no es el ciclismo el deporte más corrupto y ni mucho menos el único pero si debe de ser de los pocos en que sus propios responsables airean sus vergüenzas a los cuatro vientos en aras de no se sabe muy bien qué. Así que llegados a este punto propongo dos de mis soluciones.
Por un lado una separación perfectamente delimitada entre las funciones de cada uno de los estamentos con la UCI y Federaciones actuando como meros árbitros de cada competición y jamás interfiriendo en aspectos organizativos de las mismas (salvo en los Mundiales), dejando este aspecto (diseño de recorridos, sistema de invitaciones, etc…) a la AIOCC. Sería interesante además que el papel de este organismo, la AIOCC, adquiriese mayor relevancia y que en definitiva, resultase el órgano supremo encargado de elaborar el calendario anual de carreras.
En cuanto al doping lo primero que habría que hacer es asumir un principio fundamental que no es otro que la existencia inherente a la competición de los tramposos. Allá donde exista una norma encontraremos a alguien intentando saltársela por lo que el doping es imposible de erradicar. Siendo así, sólo cabe disuadir al tramposo de lo poco rentable que puede resultar infringir las leyes si al final es pillado. Pero aquí ha habido un error garrafal, a mi entender, desde que comenzó la cruzada contra el dopaje y es el error mayúsculo de considerar al ciclista el único culpable de estas situaciones por lo que creo que resulta imprescindible, si lo que de verdad se desea es ponerle fin a este tipo de conductas, otra cosa es que todo esto no sea más que una mascarada con fines políticos, imponer sanciones a directores y médicos. Si un ciclista es sancionado dos años por dopaje, la pena no me parece mal, incluso tres años me parecería justo, esa misma sanción debe ser aplicada al menos sobre el director del equipo y en algunos casos concretos sobre los médicos. Entiendo que éstos se defenderán diciendo que no pueden responsabilizarse de lo que los corredores hagan cuando están fuera de competición por lo que incluiría aquí la única excepción a la norma de la sanción a directores y médicos que sería para aquellos casos en los que el dopaje se detecta dentro del propio equipo y es éste el que lo denuncia. Si así fuese, quedaría probado, entiendo yo, el compromiso del equipo con la limpieza de la competición y por tanto sería eximidos de toda culpa. Cualquier otro escenario supone, en el menor de las casos, un grave acto de negligencia profesional que considero razonable sancionar. Por otro lado se me antoja imprescindible, sobre todo en un primer estadio regenerativo de la credibilidad del ciclismo, que los procesos sancionadores sean absolutamente privados hasta que la sentencia sea firme, esto es, evitar el enjuiciamiento público de cualquier corredor por una mera sospecha de dopaje. El caso de Contador o Mosquera, por no retrotraernos más en el tiempo son un magnífico ejemplo de como generar un despropósito absoluto de algo que debería haber sido resuelto en privado y en un lapso de tiempo mucho menor.
Otro de los aspectos que ha generado más polémica en los últimos años respecto a su utilización o no en carreras ciclistas son los llamados “pinganillos”. Pertenezco al sector de los que piensan que estos aparatitos han matado en cierta forma el espectáculo minimizando la posibilidad de que se den situaciones de carrera caóticas y descontroladas donde sea la inteligencia del corredor y su capacidad de tomar decisiones por si mismo lo que determine el desarrollo de la carrera. Pero como monto en bici entiendo la reivindicación que los corredores hacen del pinganillo como elemento de seguridad (aunque me gustaría recordarle a alguno de estos adalides de la seguridad que entrenar con casco y no con gorrito de lana también es seguridad) por lo que propongo que se mantenga el pinganillo pero en su papel de garante de la integridad física de los ciclistas. ¿Cómo se conseguiría esto? Pues siendo elementos afines a la organización los únicos con posibilidad de transmitir información a través de dichos aparatos, es decir, los directores no tendrían posibilidad de controlar la carrera desde el coche sólo con la radio pero la seguridad de los ciclistas respecto a cualquier posible incidencia o riesgo con el que pudiesen encontrarse en el trazado sería al menos tan grande como la existente ahora mismo.
(continuará...)
Mucho se ha hablado de los escándalos de doping como el germen de todos los males del ciclismo. Incluso desde algunos estamentos se abanderan cruzadas con el advenimiento de una tierra prometida de una pureza competitiva sin igual como fin único. No seré yo quien exculpe a los tramposos y quien menosprecie el efecto de estos escándalos en el ánimo de los posibles patrocinadores pero si me permito relativizar su influencia como origen único de estos males. Es más, me atrevería a asegurar que las luchas de poder entre UCI, Federaciones nacionales y AIOCC (Asociación Internacional de Organizadores de Carreras Ciclistas) tienen tanta o mayor responsabilidad en esta situación porque no es el ciclismo el deporte más corrupto y ni mucho menos el único pero si debe de ser de los pocos en que sus propios responsables airean sus vergüenzas a los cuatro vientos en aras de no se sabe muy bien qué. Así que llegados a este punto propongo dos de mis soluciones.
Por un lado una separación perfectamente delimitada entre las funciones de cada uno de los estamentos con la UCI y Federaciones actuando como meros árbitros de cada competición y jamás interfiriendo en aspectos organizativos de las mismas (salvo en los Mundiales), dejando este aspecto (diseño de recorridos, sistema de invitaciones, etc…) a la AIOCC. Sería interesante además que el papel de este organismo, la AIOCC, adquiriese mayor relevancia y que en definitiva, resultase el órgano supremo encargado de elaborar el calendario anual de carreras.
En cuanto al doping lo primero que habría que hacer es asumir un principio fundamental que no es otro que la existencia inherente a la competición de los tramposos. Allá donde exista una norma encontraremos a alguien intentando saltársela por lo que el doping es imposible de erradicar. Siendo así, sólo cabe disuadir al tramposo de lo poco rentable que puede resultar infringir las leyes si al final es pillado. Pero aquí ha habido un error garrafal, a mi entender, desde que comenzó la cruzada contra el dopaje y es el error mayúsculo de considerar al ciclista el único culpable de estas situaciones por lo que creo que resulta imprescindible, si lo que de verdad se desea es ponerle fin a este tipo de conductas, otra cosa es que todo esto no sea más que una mascarada con fines políticos, imponer sanciones a directores y médicos. Si un ciclista es sancionado dos años por dopaje, la pena no me parece mal, incluso tres años me parecería justo, esa misma sanción debe ser aplicada al menos sobre el director del equipo y en algunos casos concretos sobre los médicos. Entiendo que éstos se defenderán diciendo que no pueden responsabilizarse de lo que los corredores hagan cuando están fuera de competición por lo que incluiría aquí la única excepción a la norma de la sanción a directores y médicos que sería para aquellos casos en los que el dopaje se detecta dentro del propio equipo y es éste el que lo denuncia. Si así fuese, quedaría probado, entiendo yo, el compromiso del equipo con la limpieza de la competición y por tanto sería eximidos de toda culpa. Cualquier otro escenario supone, en el menor de las casos, un grave acto de negligencia profesional que considero razonable sancionar. Por otro lado se me antoja imprescindible, sobre todo en un primer estadio regenerativo de la credibilidad del ciclismo, que los procesos sancionadores sean absolutamente privados hasta que la sentencia sea firme, esto es, evitar el enjuiciamiento público de cualquier corredor por una mera sospecha de dopaje. El caso de Contador o Mosquera, por no retrotraernos más en el tiempo son un magnífico ejemplo de como generar un despropósito absoluto de algo que debería haber sido resuelto en privado y en un lapso de tiempo mucho menor.
Otro de los aspectos que ha generado más polémica en los últimos años respecto a su utilización o no en carreras ciclistas son los llamados “pinganillos”. Pertenezco al sector de los que piensan que estos aparatitos han matado en cierta forma el espectáculo minimizando la posibilidad de que se den situaciones de carrera caóticas y descontroladas donde sea la inteligencia del corredor y su capacidad de tomar decisiones por si mismo lo que determine el desarrollo de la carrera. Pero como monto en bici entiendo la reivindicación que los corredores hacen del pinganillo como elemento de seguridad (aunque me gustaría recordarle a alguno de estos adalides de la seguridad que entrenar con casco y no con gorrito de lana también es seguridad) por lo que propongo que se mantenga el pinganillo pero en su papel de garante de la integridad física de los ciclistas. ¿Cómo se conseguiría esto? Pues siendo elementos afines a la organización los únicos con posibilidad de transmitir información a través de dichos aparatos, es decir, los directores no tendrían posibilidad de controlar la carrera desde el coche sólo con la radio pero la seguridad de los ciclistas respecto a cualquier posible incidencia o riesgo con el que pudiesen encontrarse en el trazado sería al menos tan grande como la existente ahora mismo.
(continuará...)
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