Probablemente, si en algo
coincidiremos Carlos Sastre y yo alguna vez, amén del año de nacimiento, sea en elegir un momento de su vida
deportiva. Aquella tarde del mes de julio del año 2008 en que sentenció el Tour
de Francia con su ataque en el Alpe d’Huez.
Diferiremos sin embargo en los
motivos que nos llevan a elegir ese instante sobre cualquier otro. Para Carlos
el valor más allá del gesto deportivo, probablemente resida en lo que le
permitió conseguir, en lo que ese ataque significó dentro del contexto de un
Tour de Francia que acabaría ganando y de lo que esa victoria supone dentro de
un contexto aún mayor que es el de su carrera deportiva. Para mí, sin obviar el
hecho de que probablemente aquel día se vio al mejor Carlos Sastre de sus
catorce años de profesional, el valor reside en una serie de acontecimientos
relativos a mi ámbito privado pero a la vez íntimamente ligados a aquella
etapa.
Tomo prestada ahora una frase del
final de Blade Runner, “todos esos momentos se perderán en el tiempo
como lágrimas en la lluvia”. Bien, asumo que el paso de los años irá
borrando de mi recuerdo momentos que ahora permanecen indelebles en mi memoria.
Asumo que en un plazo de veinticinco o treinta años, a lo mejor he olvidado el
ataque de Contador de este año en el Galibier o incluso confunda y mezcle en mi
memoria la visita al bosque de Arenberg del pasado abril con la de 2008 o con
otras que estén por venir. Lo confundiré, probablemente lo olvide igual que
ahora mismo hay momentos de mi vida perdidos para siempre en la negra noche de
los tiempos. Y sin embargo me cuesta creer que algún día habré olvidado aquella
tarde del 23 de julio de 2008.
| Sastre a la "puerta de casa" |
La hora exacta no puedo
precisarla ¿Las cuatro y media? ¿Las cinco? No mucho más pronto, desde luego no
más tarde. Hace menos de veinticuatro horas que mi hermano, mis padres y yo nos
hemos instalado en una pequeña y acogedora casa alpina a unos metros de la
pancarta de 5 kilómetros a la cima de Alpe d’Huez. Esa misma mañana, mi hermano
y yo hemos completado por segunda vez en nuestra vida, la ascensión a Alpe d’Huez,
dos años después de haberlo visitado por vez primera. Comemos pronto con el
rumor de la retransmisión de la etapa a través de la televisión francesa como
ruido de fondo. Los corredores están transitando la Croix de Fer. En un rato
estarán a pie del Alpe, a menos de diez kilómetros de donde estamos ahora mismo
así que nerviosos y excitados recogemos rápido y salimos a esperar el paso de
la carrera. El tiempo se ralentiza bajo un sol que castiga sin abrasar, pasa la
caravana publicitaria como una suerte de cabalgata de Reyes, reparte regalos y
genera expectación, ya no queda mucho para ver a los ciclistas. Un espectador
aguarda con un transistor por el que se
informa de cómo viene la carrera. No entiendo absolutamente nada de lo que
dicen por la radio… hasta que entiendo sólo dos palabras: Carlos Sastre. Corro
un momento al interior de la casa y veo en la televisión que Sastre es cabeza
de carrera en solitario. Vuelvo a salir y un poco más tarde nos llega el rumor
sordo que poco a poco se transforma en rugido. Están aquí ¡Ya vienen! Motos,
coches de organización… parafernalia que se transforma en liturgia. ¡Ahí está,
es Carlos, Carlos Sastre! Pasa en cabeza, con su gesto característico,
acompasando la respiración, con buena cadencia. Mi padre saca la foto que
acompaña a este post. Sastre se va, gira ligeramente a la derecha y le perdemos. No
tomamos referencias pero nos parece una vida lo que tardan en llegar el resto
de favoritos. No hay duda, Carlos va a ganar en el Alpe y parece seguro que se
pondrá líder.
No queremos saber nada más. En
Madrid nos espera un vídeo con las tres etapas alpinas y queremos verlo sin
saber absolutamente nada del desarrollo de la carrera. Sin embargo, un pequeño
indicio en forma de anécdota nos dará pistas dos días más tarde. Aquel verano
recorrí media Francia, no es hipérbole, de Normandía a los Alpes pasando por
París, y en cada sitio que paramos busqué el maillot amarillo del Tour, supongo
que el capricho insatisfecho del niño que un día quiso ser Perico Delgado. El
caso es que la tarde que llegábamos a Alpe d’Huez, en una tienda en Bourg d’Oisans,
por fin encuentro el maillot anhelado, de mi talla y a un precio razonable. Es
el maillot con el que la mañana siguiente subiré el Alpe y con el que tres días
más tarde afrontaré nuestra ascensión al Galibier, donde un
cicloturista francés nos dará ese pequeño indicio de lo que ha sucedido en el
Alpe, en el Tour, cuando al adelantarnos nos salude con un cómplice “bonjour, Carlos”. Llevo el maillot
amarillo, soy el líder del Tour, es decir, Carlos Sastre.
Aquel fue el último verano que pasé con mi padre. Ya no habrá otros. Ayer, cuando supe que Carlos Sastre se retiraba, la primera imagen que me vino a la cabeza no fue de Carlos, fue de mi padre, esperando el paso de la carrera con su cámara de fotos y su gorrito con el estampado del maillot de la montaña que había recogido de la caravana publicitaria. Fue una tarde de julio de hace tres años y conforma una estampa casi familiar que permanece detenida en el tiempo para siempre y de la que Carlos Sastre forma parte como uno más de manera muy vívida. Por eso, cuando ayer supe que Carlos se retiraba sentí una punzada un poco más dolorosa que ante la retirada de cualquier otro ciclista. El adiós de Carlos simboliza, para mí, no sólo la despedida de un ciclista al que he respetado más que admirado, también escenifica a la perfección el discurrir de sentido único de la vida de cualquiera de nosotros, el inexorable paso del tiempo y lo vano que resulta resistirse a ello, lo estéril que resulta intentar retener cualquier lágrima en mitad de la lluvia.
Aquel fue el último verano que pasé con mi padre. Ya no habrá otros. Ayer, cuando supe que Carlos Sastre se retiraba, la primera imagen que me vino a la cabeza no fue de Carlos, fue de mi padre, esperando el paso de la carrera con su cámara de fotos y su gorrito con el estampado del maillot de la montaña que había recogido de la caravana publicitaria. Fue una tarde de julio de hace tres años y conforma una estampa casi familiar que permanece detenida en el tiempo para siempre y de la que Carlos Sastre forma parte como uno más de manera muy vívida. Por eso, cuando ayer supe que Carlos se retiraba sentí una punzada un poco más dolorosa que ante la retirada de cualquier otro ciclista. El adiós de Carlos simboliza, para mí, no sólo la despedida de un ciclista al que he respetado más que admirado, también escenifica a la perfección el discurrir de sentido único de la vida de cualquiera de nosotros, el inexorable paso del tiempo y lo vano que resulta resistirse a ello, lo estéril que resulta intentar retener cualquier lágrima en mitad de la lluvia.
Pese a todo y quizá por todo eso,
gracias Carlos.
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