…y nosotros sobre una bici.
Erik Zabel, que entonces corría para el Team Deutsch Telekom levantó los brazos en la meta de Gijón después de derrotar, al sprint, a Freire y a su compatriota Teutenberg. La Vuelta a España había completado su cuarta etapa, tres de las cuales, por cierto, había ganado el alemán, quien pasaba por ser, probablemente, el mejor sprinter del mundo. El calendario estaba a punto de dejar caer la hoja del 11 de septiembre y los ciclistas que aquel día disputaron la etapa probablemente ignorasen que mientras ellos cubrían los 175 kilómetros que separaban León de Gijón, a un océano de distancia de allí el mundo estaba cambiando para siempre.
No sabría decir que etapas de aquella Vuelta vi y cuáles no. Pero hay algo que tengo bastante claro, el 11 de septiembre de 2001 no vi ganar a Zabel en Gijón. Porque, como casi todo el mundo, recuerdo perfectamente lo que estaba haciendo aquel mediodía de hace diez años. Y no era ver la Vuelta Ciclista.
Es más, el único recuerdo que tengo de aquel día no relacionado directamente con los atentados de Nueva York es sentarme, cerca de las nueve de la noche, a ver jugar al Madrid un partido de Champions contra la Roma en el Olímpico de la capital italiana. Recuerdo la extraña sensación de estar contemplando algo que estaba completamente fuera de lugar. ¿Un partido de fútbol mientras el mundo se desmoronaba? Ni el minuto de silencio previo al partido o los brazaletes negros lograba dotarlo de sentido. No terminé de ver el partido y en seguida volví a zapear en busca de más noticias. El mundo, nuestras vidas, era lo que estaba sucediendo en Manhattan y todo lo que no fuese aquello resultaba ridículamente intrascendente.
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| Julio'02. El sol se pone por el hueco que dejaron las Torres Gemelas |
Mi relación por entonces con el ciclismo, sin entrar en muchos detalles, no quiero desvelar demasiado de lo que iré contando en la serie “Fiebre en la carretera”, pasaba por aquel entonces quizá por su punto más bajo desde que me había aficionado al ciclismo allá por la primavera de 1983. Llevaba casi cuatro años sin subirme a una bici desde que otro mediodía de septiembre, éste de 1997, un coche me hubiese arrollado cuando regresaba a casa después de un par de horas de entrenamiento. Por otro lado, la retirada de Indurain me había dejado sin ese referente emocional que a veces se hace tan necesario para implicarse en el seguimiento de cualquier deporte. Si a esto unimos factores relacionados con el tipo de aficiones y compañías que por entonces conformaban mi pequeño mundo, podremos explicar, entender es otro asunto, ese ligero distanciamiento.
Armstrong había ganado su tercer Tour aquel verano, Simoni había conseguido su primera victoria en el Giro dos meses antes y Ángel Casero acabaría consiguiendo la victoria en la Vuelta el 30 de septiembre de aquel año. El mismo en que Zabel había conquistado San Remo; Bortolami, Flandes; Knaven; Roubaix; Camenzid, Lieja y Di Luca ganaría Lombardía. La desaparecida Copa del Mundo iba a ser para Erik Dekker. Freire conquistaría su segundo Mundial el 14 de octubre, en Lisboa, donde un jovencísimo Van den Broeck se iba a proclamar Campeón del Mundo contrarreloj en categoría junior. En el Saeco italiano debutaba como profesional un joven australiano, Cadel Evans y en el Mapei hacía lo propio otro joven suizo, Fabian Cancellara. Corredores como Alberto Contador, Alejandro Valverde, Andy Schleck, Philippe Gilbert o Tom Boonen ni siquiera eran profesionales. El UCI Pro Tour no existía, puede que ni en el ánimo de las cabezas pensantes que cuatro años después lo pondría en marcha. Aun faltaban un par de años para que Pantani y Chava Jiménez nos dejasen. Banesto, Kelme, ONCE, Festina, Mapei o Fassa Bortolo aún patrocinaban equipos y Lotto, Liquigas, Rabobank o Cofidis ya estaban en el pelotón. Cyanide Studio sacaba a la venta su primera edición de su juego Pro Cycling Manager que iba a determinar la relación de muchos de nosotros con el ciclismo en el futuro.
Así era el mundo del ciclismo hace diez años exactos, el mismo día en que, al menos durante unas horas, todo esto dejó de importarnos lo más mínimo. El día en el que mundo tal y como lo conocíamos se desmoronó para siempre al mismo ritmo que las Torres Gemelas de Nueva York lo hacían sobre si mismas.
PD: Sin que sirva de precedente voy a colocar una foto aquí que no tiene nada que ver con el ciclismo. Es de mi segundo viaje a Nueva York, sólo diez meses después de los atentados. Y es a la ciudad de Nueva York, donde siempre que he ido me he sentido tan a gusto, y a los neoyorquinos, al fin y al cabo ellos son Nueva York, a quien le quiero dedicar este post, hoy, diez años después de aquel 11 de septiembre de 2001.

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