lunes, 27 de junio de 2011

el Tour de Francia y su boda lesbiana

Me estaba acordando antes de escribir este post de uno de los capítulos más recordados de Friends. En él, Phoebe es “poseída” por el espíritu de una anciana que se resiste a dejar este mundo sin haberlo visto ABSOLUTAMENTE TODO. Por no dilatarme mucho con este tema, que esto es un blog sobre ciclismo y no sobre televisión, el espíritu de la buena mujer sólo abandona el cuerpo de Phoebe cuando asiste a la boda entre Carol, la exmujer de Ross, quien además ejerce de padrino, y Susan, la novia lesbiana de aquella al grito de “ahora si que lo he visto todo”. 

Pensaba en esto porque probablemente de todas las situaciones embarazosas, peculiares y extravagantes a las que se ha enfrentado o se pueda enfrentar en estos tiempos convulsos el Tour de Francia, la de esta edición puede que sea la única que nos faltaba por ver.

Recapitulemos: Año 2006 el ganador, Landis, es desposeído de su triunfo después de dar positivo por testosterona tan sólo cuatro días después de terminar el Tour. El ganador pasa a ser un outsider, Óscar Pereiro, a quien en la etapa con final en Montélimar le dejan coger el maillot amarillo después de que hubiese perdido treinta minutos en los Pirineos.

Año 2007. Michael Rasmussen, quien también se había beneficiado de cierta permisividad por parte de los favoritos en la primera llegada en alto, ésta en Tignes, para convertirse a cuatro días del final en virtual ganador del Tour, es expulsado de la carrera por su propio equipo al saberse que un mes antes había mentido a la UCI para evitar un control antidoping sorpresa. El liderato pasa entonces a un debutante Alberto Contador que logra mantenerlo en la contrarreloj final frente a Evans y por el escaso margen de 23 segundos.

Año 2008. En una decisión cuando menos controvertida, ASO, como organizado del Tour de Francia, decide dejar fuera de la carrera a Astana, el equipo por entonces de Alberto Contador, como castigo por los casos de doping de Vinokourov y Kashechkin un año antes, el primero en el transcurso de la prueba. Curiosamente, en el momento de ser excluido, ninguno de los dos corredores kazajos formaban parte del equipo. Contador consigue ese año proclamarse vencedor de Giro y Vuelta. El Tour de Francia es para Carlos Sastre.

Año 2010. El año de la cadena de Andy. El año del filete. Andy Schleck logra llegar a los Pirineos como líder de la carrera con 31 segundos de ventaja sobre Alberto Contador. Sin embargo parece una ventaja escasa para defenderla en la contrarreloj final así que en la etapa que acaba en Luchon, ataca subiendo Balès… pero se le sale la cadena y tiene que detenerse a colocarla. Contador, que había salido al ataque de Andy, le pasa y le deja. Luego declararía que no vio que tuviese problemas pero desde numerosos frentes se critica la actitud del madrileño. En meta le saca 39 segundos, así que es líder por tan sólo 8 segundos. En la crono final, un desconocido, por débil, Contador sólo es capaz de aventajar en 31 segundos a Andy Schleck por lo que se proclama vencedor del Tour por 39 segundos… justo la diferencia que había obtenido el día de Luchon, el día de la cadena. 

¿Vencedor? Pues han pasado once meses desde entonces, en menos de una semana habrá echado a rodar el Tour de Francia 2011 y aún no se puede asegurar que sepamos quien es el ganador de la edición del 2010. Es más, podría darse el estrambótico caso de que Contador ganase el Tour de este año pero en agosto le desposeyesen de ambas victorias. El caso de su positivo por clembuterol, mil veces analizado, otras tantas comentado, aún permanece sin resolver y será, aparentemente porque los plazos de este asunto son cambiantes, en agosto cuando el TAS pronuncie una resolución final.

Así que  en estas andamos, esperando que empiece un Tour en el que el máximo favorito está ya no bajo sospecha si no enjuiciado y al que sólo los incompresiblemente dilatados procesos de la justicia deportiva han rodeado de la densa bruma de la sospecha y alejado de la imprescindible certeza de la sentencia. Esperando que empiece un Tour del que, antes de empezar, ya sabemos que puede que no valga nada dentro de dos meses. Sea como sea, tengo la sensación de que con este asunto ya lo hemos visto todo. Como la anciana de Friends en la boda lesbiana.

viernes, 24 de junio de 2011

el insignificante triunfo de los mediocres

Aunque nunca sabremos la verdadera historia de aquella foto, aunque es imposible que ya sepamos quien le dio el bidón a quien (¿o era una botella de agua?) dicen que Coppi bebió primero y luego le tendió la mano a Gino y con ese gesto y tres palabras, “Toma Gino, bebe”, selló el final de una enemistad que no era tal y de paso nos regaló una de las imágenes más icónicas del ciclismo y me atrevería a decir que del deporte de todos los tiempos.

Desde que descubrí esta foto, no puedo precisar cuando sucedió eso, puede que hace diez años, tal vez quince, se convirtió en el símbolo de lo que de singular tenía el ciclismo para mi, de aquello que le convertía no sólo en un deporte diferente sino en un deporte mejor. La simbología entiendo que es obvia y los conceptos a los que va asociados esa fotografía igualmente identificables. La solidaridad y la camaradería en el sufrimiento por encima de otras consideraciones, porque uno no puede olvidar que incluso en el transcurso de la más feroz competición contra el más secular de los enemigos, un ciclista compite primero y puede que en definitiva únicamente contra sí mismo.

Siempre que he salido con la bici a la carretera, en mayo hizo veinte años de la primera vez, he llevado esa idea del ciclismo conmigo. Cuando al cruzarme con otro ciclista nos saludamos aunque sea con un leve gesto de la mano o alzando las cejas me siento parte de algo especial. Cuando encuentro a otro cicloturista parado en la cuneta siempre aminoro la marcha para comprobar que no necesita ayuda, aunque sea logística. Camaradería. Solidaridad. Desafío siempre pero nunca por encima de lo que el ciclismo representa.

El pasado 8 de mayo salí, como tantos otros fines de semana, a rodar con mi hermano. Después de algo más de un mes exprimiéndonos por la Sierra madrileña con un viaje a los Alpes en julio como objetivo final de ese exigente entrenamiento decidimos volver al carril-bici de Colmenar. Debíamos llevar unos cincuenta kilómetros cuando mi hermano metió la rueda en una junta de dilatación, la bicicleta le culeó a la izquierda y terminó cayendo hacia la derecha. Aunque en apariencia era un golpe intrascendente lo cierto es que tardó más de cinco minutos en poder volver a subirse a la bici… y menos de otros cinco en comprobar que le resultaba imposible pedalear. Decidimos entonces que yo iría a por el coche y él me esperaría en algún punto intermedio al que pudiese llegar andando para que le recogiese. Cuando me reuní de nuevo con él me contó, no sé como de decepcionado, desconozco cuan triste, que en el breve trayecto que separaba el lugar donde le había dejado solo del lugar donde me esperó ningún cicloturista de los muchos que en ese mañana, a esa hora transitaban el carril-bici se molestó siquiera en aminorar la marcha para preguntarle si estaba bien, que necesitaba, pese a que caminaba junto a la bici, no encima. Pese a que las señales de haber sufrido una caída eran visibles en los manchones que lucía el maillot. Ninguno. Nadie.

Vino este suceso a confirmar lo que hasta entonces había sido tan sólo una sospecha poco precisa sobre el nuevo cicloturismo del siglo XXI basada en la observación de pequeños gestos, de sucesos aparentemente inocuos. Ese grupito con el que te cruzas y nadie saluda. Ese ciclista que está parado en la cuneta arreglando un pinchazo sin que los diez cicloturistas que han pasado antes que tú le pregunten si necesita ayuda (quince minutos antes de que se cayese mi hermano habíamos estado ayudando a un chaval que tenía la cubierta rajada a quien nadie se había detenido a preguntar). Esa grupetta que te silba y casi sin tiempo te pasan a toda velocidad tanto por la izquierda como por la derecha.

El boom económico de la segunda mitad de los 90 junto al incremento de la seguridad vial para los ciclistas y cierta visión de mercado de los fabricantes de bicicletas posibilitó el crecimiento exponencial del ciclismo aficionado y del cicloturismo. De buenas a primeras ese ciclismo de élite estaba al alcance de la mayoría. En este contexto surgieron marchas y carreras donde los aficionados pueden transitar por los mismos escenarios que recorren las grandes carreras profesionales. Y en este contexto surge un tipo de aficionado, de cicloturista, que da rienda suelta a sus frustraciones intentando ser el rey tuerto del país de los ciegos. Entrenan duro, se alimentan bien, llevan los mejores materiales y conocen todas las novedades que surgen en el mercado. Todo esto me parece perfecto, tan respetable como cualquiera que vive con pasión una afición. Sea la que sea ésta.

Y sin embargo, desde mi sillín de globero con algunos kilos de más, con mis piernas sin depilar y mi bici Orbea de mil trescientos euros me permito despreciar a este tipo de ¿aficionado?. Porque podrán hacer la Quebrantahuesos o la Perico Delgado, incluso clasificando bien, pero están en el extremo opuesto de lo que de puro y perfecto tiene el ciclismo. Porque su ciclismo no es el mío. Y porque ellos nunca le hubieran dado el bidón a Gino. Y eso retrata a la perfección cual es su lugar en la historia de este deporte. Están fuera de la foto. De todas las fotos.

lunes, 20 de junio de 2011

el valor de los símbolos

Hace unos meses, buscando información sobre el recorrido de la Paris-Roubaix de este año, di con una sorprendente noticia, más bien con el eco de un rumor: la edición de 2011 no pasaría por Arenberg. De haber sido cierto, hubiese sido la cuarta vez desde que se incluyó por primera vez en el recorrido, allá por el año 1968. La diferencia con las tres anteriores ocasiones en que La última locura del ciclismo esquivó el Bosque de Arenberg es que entonces fueron tareas de mantenimiento del adoquinado lo que impidieron su paso. En esta ocasión era una decisión meramente estratégica, táctica.

Ardieron los foros entonces con la amenaza del cambio y en pleno delirio febril por la herejía supuesta se insinuó que ASO deseaba una carrera más suave para atraer a un espectro mayor de potenciales candidatos. No creo que fueran por ahí los tiros porque lo cierto es que rememorando las últimas cinco ediciones de la Gran Clásica, ninguna de ellas se decidió en Arenberg, tan lejos de Roubaix, con tanto adoquín de por medio. Como mucho se rompió momentáneamente la carrera pero nadie inició su viaje sin retorno en Arenberg, ni siquiera cerca.

Entonces ¿a qué se debía tanto revuelo? Porque lo cierto es que a mí mismo me indignaba la sola posibilidad de presenciar una Paris-Roubaix sin Arenberg. Concluí entonces que no era la merma del valor deportivo que la supuesta ausencia del paso por el bosque más famoso del ciclismo provocaría lo que nos indignaba. Era algo mucho más profundo y por ello mismo más doloroso: Era el menosprecio a un lugar sagrado.

El ciclismo es uno de los deportes más apegados a su mitología, será porque los escenarios nunca cambian, porque el Galibier, el Tourmalet, La Redoute, el Poggio o Arenberg están ahí desde mucho antes de que ninguno de nosotros fuésemos conscientes de su existencia y de lo que es más importante, de su trascendencia. Será porque en las historias que trascendieron el paso del tiempo convirtiéndose en leyendas, el lugar en que acontecían formaba parte activa de la propia historia. Será porque sólo en el ciclismo el aficionado comparte escenario con el deportista (¿se imagina alguien poder jugar en el Bernabéu o en el Madison Square Garden cuatro horas antes de una final? En el ciclismo puedes subir el Alpe d’Huez dos horas antes del paso de la carrera). Quién sabe, los factores probablemente sean innumerables y un poco de cada uno de ellos resulte ser la explicación pero lo que resulta innegable es que el aficionado al ciclismo profesa una especie de respeto reverencial, algo místico incluso, hacia ciertos lugares cuyo valor hace tiempo que trascendió el meramente deportivo para alcanzar la categoría de símbolos. En esa categoría hace tiempo que entró el Bosque de Arenberg y de ahí el revuelo. No se estaba tomando una decisión deportiva, se estaba profanando un lugar santo. Lo primero está sujeto a debate, lo segundo es inadmisible.

¿Y por qué? Pues creo que la respuesta habría que buscarla en la trascendencia que en el ciclismo tienen ciertos símbolos. Y ahora ya no me refiero simplemente a lugares específicos. Nadie concibe que el líder del Tour de Francia de repente vista de azul o que el propio Tour se corriese en octubre. El maillot amarillo y el mes de julio son rasgos definitorios de la identidad del Tour de Francia. Y alterar esos símbolos me temo que sólo contribuye al extravío del aficionado, a que éste pierda su capacidad de identificación con la carrera y por tanto, el interés por la misma. Los símbolos no son más que la representación física de una idea abstracta pero por ello mismo son los que facilitan esa identificación, en este caso del aficionado con la carrera, los que impulsan el sentimiento de pertenencia a algo que es y nos hace especiales. Y relativizar su trascendencia, sino en el aspecto deportivo, si al menos en el ánimo del aficionado acaba siendo interpretado por éste como una agresión a la misma esencia de aquello que siente como parte de sí mismo y que al mismo tiempo le une a los demás. Profanar, por tanto, uno de esos lugares sagrados del ciclismo equivale a escupir en una bandera o ridiculizar un himno. Una ofensa de difícil desagravio si no existe una causa mayor que lo justifique. Y como no era el caso de ahí la indignación que amenazó con incendiar los primeros meses ciclistas del año.

Afortunadamente ASO reaccionó a tiempo sofocando el conato de incendio y decidió no pegarse un tiro en el pie incluyendo el paso por Arenberg en el recorrido. Sabia decisión aunque fuese dejando incógnitas abiertas para el futuro: “La Paris-Roubaix no está obligada a pasar por Arenberg todos los años”. Ya veremos, de momento 1 a 0, ventaja: Los Aficionados.

lunes, 23 de mayo de 2011

la vida y la muerte bordada en la boca...

No sé porque esta mañana, al saber que Xavi Tondo había fallecido, me vino este verso a la mente. Es el comienzo del “Romance de Curro el Palmo”, de Serrat, y la historia que luego le sucede no tiene nada que ver con la historia de Tondo. Pero esa frase fue una de las primeras que logré articular cuando mi cabeza salió del estado de shock que la noticia me produjo. La vida y la muerte bordada en la boca.

Otro lunes de este imprevisible mes de mayo que tan pronto se viste de la más gloriosa épica como de la más negra tragedia, nos dejó Weylandt. Ese lunes de hace dos semanas escribí mi última entrada del blog. Venía el drama de Weylandt asociado a un incidente más personal, también relacionado con la bici, mucho menos grave eso si, pero mucho más trascendente, sin embargo, en mi vida, paradojas de la perspectiva. Así que decidí apartarme un poco de la bici durante unos días y limitar mi contacto con el ciclismo a seguir el Giro. Y ayer domingo, justo antes de dormir estuve un rato decidiendo que aprovechando el día de descanso en Italia y la descomunal y epopéyica etapa que habíamos visto, hoy iba a volver a escribir en el blog.

Hasta ayer quería hablaros de la decepción que me llevé hace dos semanas con los cicloturistas que frecuentan el carril-bici de Colmenar, en Madrid (hablaré otro día de este tema) pero ayer decidí que no, que después del post del 9 de mayo tras la muerte de Weylandt, el siguiente tenía que ser mucho más positivo, alegre, entusiasta. Y que Mikel Nieve y Garzelli por encima de todos pero también Scarponi, Contador, Nibali, Rujano… me habían abierto la puerta para que corriesen los ríos de tinta que la inolvidable etapa de ayer merecía (de esta etapa también hablaré otro día). Pero este plan, como tantas otras cosas, como tantos otros planes, se ha esfumado en un lapso de tiempo tan breve como una mueca. Terrible.

Seguí los inicios de Tondo un poco de oídas, andaba yo por entonces desconectado relativamente del ciclismo de élite y supe de él por sus logros en Portugal pero sin ubicarle como corredor. Me alegré cuando fichó por el Andalucía porque por fin volvía a España y pensaba que con un calendario más internacional quizá lograse brillar más. Así lo hizo y en 2009 cuando fichó por Cervélo, junto a Sastre, pensé que por fin estaba donde merecía. Disfruté con su primera semana del Giro en 2010 donde estuvo con los mejores, incluso por delante, como en el Terminillo. Entonces, una tarde del verano de pasado, mientras se corría la Vuelta, mi hermano me envió este artículo sobre el bueno de Xavi. Y fue ahí cuando me ganó, para siempre. Porque siempre he admirado y respetado más que nada, más que las victorias y la gloria, incluso la gloria del fracaso, he admirado, decía, el amor por el deporte que practicas. Tondo era de esa pequeña, por reducida, estirpe de deportistas que transmiten tal amor por su deporte que a uno, que ama la locura por la bici casi tanto como la bici misma, le resulta conmovedor e inevitable sentir cercano. Por lo visto ese era Tondo. Apasionado, cercano y simpático, feliz de ser Tondo y de estar donde estaba, en “el equipo de Induráin”. No son, obviamente, apreciaciones mías, que no le conocí, lo son de sus compañeros de profesión y coinciden bastante con la imagen que transmitía. Un tío plenamente feliz y satisfecho de lo que había logrado al que sólo parecía faltarle correr el Tour para estar, por fin, a mano con la vida. Un tío con la vida y la muerte bordada en la boca, si, sólo que su costura parecía ser siempre una sonrisa.

Aunque tarde, Gracias Xavi por querer tanto la bici.

lunes, 9 de mayo de 2011

Weylandt, uno de los nuestros

Estaba preparando una batería de entradas sobre el Giro que se corre estos días. De ese Giro, terrible en su diseño, del que circulan historias con el aroma de viejas leyendas. Se habla del descenso de Monte Crostis de tal forma que uno sólo puede evocarlo en sepia, como si fuese algo de lo que ya hablaban nuestros abuelos y no de algo para lo que aún faltan un par de semanas.

Estaba preparando una batería de entradas comentando eso precisamente, el exceso que supone esta edición de la ronda italiana a todos los niveles. Exceso de kilómetros, exceso de puertos, exceso de riesgos… algo de eso ya mencionaba Pedro Horrillo en su artículo de El País. Qué pensará, por cierto, en un día como hoy quien hizo uno de esos viajes que rara vez traen billete de vuelta. En esas andaba, planificando esa entrada y las posteriores, hablar de estos favoritos, de aquellas trampas, de esos aspirantes… desmontando, en definitiva, como si de un mecano se tratase, las tripas de esta carrera para entenderla mejor y porque no, la vanidad también juega esta partida, para comprobar cuanto de lo que sucederá era capaz de anticiparlo. En esas andaba, decía, cuando hoy el suelo desapareció bajo mis, nuestros pies, los de todos.

Weylandt, un belga al que aún evoco vestido de Quick Step, sin habituarme aún a verle con el maillot del Leopard, ha fallecido tras sufrir una caída en carrera (en casos así no me gusta usar la expresión “nos ha dejado”, parece que nos convierte en el centro de una desgracia de la que sólo somos pasivos y dolientes espectadores). De la historia de la caída no hablaré. Del habitual y efímero pero recurrente discurso del “hay que aumentar las medidas de seguridad” también quiero huir. Que escriban otros.

Es del Weylandt que todos los que nos subimos en una bici llevamos dentro del que quiero hablar. Del Weylandt que también se llama Kivilev, Casartelli o Isaac. Porque cuando te subes en una bici sabes que algo así te puede pasar a ti (o a los que marchan contigo), que la práctica del ciclismo implica ciertos riesgos tan reales que uno necesita ignorarlos sin perder de vista ni un segundo las precauciones necesarias para minimizarlos en un contradictorio juego de equilibros realmente delicado ¿cómo extremar tu cuidado sin pensar en los motivos que lo originan?

Así, cuando uno de los nuestros cae, llámese Weylandt, llámese Fabio, llámese como sea, no es sólo su muerte lo que nos duele, que también, es la nuestra propia y la de aquellos que junto a nosotros, pedalean. Porque cuando uno de los nuestros cae, nos está recordando de la manera más cruel, cuan frágiles somos, lo mínima que es la distancia que a veces nos separa de ser uno de los caídos. Puede que cada vez que uno de los nuestros muere encima de la bici, una parte de nosotros, o al menos de eso que nos empuja a subirnos a una bici, también se muera. Y de ahí ese dolor y esa profunda congoja y esas ganas de renunciar a algo para no arriesgar todo lo demás. Sabes que volverás, siempre vuelves, pero durante un instante, eterno, te preguntas ¿vale la pena? Y en esas ando yo ahora que el Giro ha dejado de importarme ¿vale la pena?

PD.: La foto no tiene nada que ver con el tema del post pero es una de las imágenes más bonitas que he visto sobre ciclismo y que más paz me transmite. Coppi y Bartali, eternos, creo que en el Galibier, en una mañana de hace muchas vidas. Es ahí donde corro a refugiarme hasta que las fuerzas vuelvan.

sábado, 7 de mayo de 2011

la larga espera

Empecé este blog allá por el mes de noviembre de 2009, impulsado, tal vez empujado, por diversos factores, tan dispares entre ellos que no creo que pudiesen llegar a tener sentido todos juntos si no es en el contexto de mi propia vida. Algunos pertenecen al ámbito de lo privado y en cualquier caso, de todos ellos, el único que merece ser mencionado es el que ya puse de manifiesto en aquella primera entrada, "la caída de las hojas, el comienzo del viaje".

Dos entradas en aquel mes de noviembre, otras dos en enero de 2010 y tras ocho meses de sequía, otras dos en septiembre de ese mismo año es el escaso bagaje de más de un año de existencia de "más allá de Plan Lachat". En todo este tiempo la voluntad, mejor dicho, el deseo, que la voluntad suele transformarse en acción más a menudo que el deseo, el deseo de continuar este blog, decía, no había desaparecido y en mi cabeza bullían (y bullen) múltiples temas que abordar en este espacio. Y si esto ha sido así ¿por qué este silencio? ¿a qué se debe esta larga espera? Pues sin obviar el factor de la apatía y de ese concepto tan novedoso como impreciso de la "procastinación", lo cierto es que detrás de todo había, y uso el pasado deliberadamente, cierta confusión sobre el rumbo que le quería dar al blog. ¿Quería hacer un blog sólo sobre ciclismo profesional o quería ampliarlo a mi relación ya no con el ciclismo profesional si no con la práctica misma del ciclismo? Y si hablaba de ciclismo profesional ¿trataría de ceñirme a la actualidad o debería guardar un espacio para la historia? ¿Cómo debía abordar los temas de actualidad? ¿Información u opinión? De la primera me parecía que andábamos satisfechos, de la segunda creo que tenemos excedente.

Y en esas dudas andaba cuando en un momento de lucidez, que al igual que las meigas, haberlos, haílos, encontré la forma de encajar todas esas piezas aparentemente inconexas en una única imagen reveladora de lo que quiero que sea "más allá de Plan Lachat". Y con el ánimo renovado del que cree haber encontrado un camino en forma de respuestas a sus preguntas, me vuelvo a poner en marcha confiado de que este año que ahora se acerca a su ecuador sea, definitivamente, en el que Plan Lachat quede atrás para siempre.

jueves, 16 de septiembre de 2010

el Alpe d'Huez, la novela

Uno, que es hijo de su época tanto como de sus padres, creció y se educó bajo el auspicio de una idea tan extendida como arbitraria según la cual ese concepto de límites imprecisos que la progresía de este país llama “la cultura”, es un estadio mayor en la evolución del ser humano que el del deportista. Así que atrapado en ese ridículo complejo de superioridad que permitía a los hombres de letras mirar por encima del hombro a los atletas, viví mi infancia y mi adolescencia, admirando con cierto complejo de culpa más a Perico Delgado, Fernando Martín o Emilio Butragueño que a Pedro Almodóvar, Gloria Fuertes o Serrat. El ciclista más grande jamás sería tan importante como el escritor más pequeño.

La reflexión y el paso del tiempo, de la mano, me apartaron de esta especie de mentira colectiva y me convertí en mero espectador, de unos y de otros y de su absurda disputa. y me entregué, eso si, al disfrute de lo que ambos eran capaces de ofrecer, me entregué al goce y la admiración de los límites que, como especie, somos capaces de transitar. Sin culpa. Sin bando. Porque tan cierto como que sólo hay un Paul Auster es que sólo hubo un Induraín y que ninguno de los dos es más digno en lo suyo que el otro.

Adoptada, creo, la postura más racional reparé entonces en que ambos mundos son más complementarios de lo que parecen a simple vista y que el artista puede encontrar inspiración en el deportista y viceversa, y todos los demás en ambos, que no se olvide.

De todas las prácticas deportivas, el ciclismo es, sin duda, de las que tiene una mayor carga dramática y épica, tan favorables a la exaltación que casi todas las expresiones artísticas llevan a cabo de los hechos cotidianos. Porque lo cierto es que el ciclismo no necesita casi de esa tendencia hiperbólica, el ciclismo es una exageración en si mismo. Entonces ¿por qué los productos artísticos que tienen el ciclismo como contexto son casi inexistentes? A esto aún no tengo respuesta concluyente pero me imagino que algo de ceguera y un poco de prejuicio tendrá que haber.

Sin embargo, entre este erial ciclista del mundo de “la cultura”, hace ya casi veinte años descubrí un libro que no leí, devoré en tres días cuando cayó en mis manos y que desde entonces habré leído no menos de cinco veces, incluso lo he perdido y he vuelto a comprarlo. Hablo de El Alpe d’Huez, de Javier García Sánchez. Es un libro sobre el ciclismo como deporte pero sobre todo del ciclismo como forma de vida. De la primera lectura me quedé con la ansiedad por llegar a su final y descubrir si la locura de Jabato tenía final feliz. De las demás lecturas me quedo con la segunda parte, con la del ciclismo como metáfora, de la del ciclismo como escuela. Y es que en el Alpe d’Huez, encontré la sustancia misma de lo que está compuesto este deporte. Y me ayudo a descifrar en parte, no del todo, el misterio por el que un día me subí en una bici y aún no soy capaz de encontrar el argumento para bajarme de ella.

El ciclismo, no me refiero a la competición profesional tanto como a la práctica de aficionado, es la metáfora última y perfecta de nuestra existencia. En él están condensadas todas las batallas que uno llega a librar a lo largo de su vida y se pueden trasladar las enseñanzas aprendidas en la carretera a los aconteceres cotidianos casi sin necesidad de interpretarlos porque el ciclismo no es un lenguaje codificado que necesite de traducción. La paciencia y el espíritu de sacrificio como instrumentos elementales en la consecución de cualquier objetivo, valorar ese esfuerzo como un fin mismo, como un aprendizaje, comprender que no existen atajos cuando uno se enfrenta a si mismo en la más absoluta soledad, compartir esa paradójica soledad del que pedalea rodeado de gente, que parecida a la soledad con la que uno avanza por su vida rodeado de aquellos a los que quiere pero no son él, el desafío irracional que supone hallar los límites físicos y mentales de uno mismo, bordearlos y llegar un poco más allá, porque siempre se puede ir un poco más allá, la inabarcable satisfacción de haber salido victorioso, el necesario e inevitable fracaso puntual que nos educa en la humildad de aceptar nuestro verdadero lugar en el mundo. Todo esto y algunas lecciones que supongo aún nos resta por aprender, están reflejadas en ese homenaje al ciclismo en forma de libro que es el Alpe d’Huez, una historia que ama aquello de lo que habla como sólo pueden amarse las cosas que nos dan la vida, que son la vida misma.

viernes, 10 de septiembre de 2010

el villano que el ciclismo necesitaba

Andaba el mundo del ciclismo recreándose en sus primeros síntomas de buena salud en unos cuantos años, dejándose mecer entre el rumor de fichajes, la confirmación de nuevos y poderosos patrocinadores y el despertar de una Vuelta a España vacía de poder, repleta de buenos presagios, cuando llegó la triste noticia de la muerte de Laurent Fignon. El cáncer de páncreas por fin le había derrotado, pese al arriesgado discurso desafiante que el parisino mantuvo contra la enfermedad desde que se hizo público. "No le temo a la muerte" proclamaba con la misma arrogante confianza con la que edificó su figura mediática.

Para los españoles que rondamos la treintena, año arriba, año abajo, Fignon siempre fue ese gabacho de actitud chulesca que desafiaba al ídolo nacional, Perico Delgado, y sobre todo, ese engreído que se permitió escupir a una cámara de televisión española que le estaba grabando en una estación de tren. El video de aquel gesto, no más de un minuto, fue repetido hasta la saciedad, tanto que se convirtió en un recuerdo imborrable para una generación de aficionados y pasó a formar parte de la memoria colectiva de un país que se lo tomó como si hubiese escupido sobre la mismísima bandera. De aquella historia poco más supimos pero años más tarde leí, no recuerdo donde, no recuerdo de quien, que los periodistas españoles habían estado provocando a Fignon asegurándole que iba a perder aquel Tour de Francia que se dilucidaba en una contrarreloj de Versalles a París. Era el año 89 y Fignon se quedó sin el que habría sido su tercer Tour por tan solo ocho segundos, la diferencia más corta de la historia de la carrera francesa. Fignon lloró sobre un bordillo de los Campos Elíseos su derrota, dos países la celebraron, los Estados Unidos del vencedor Lemond y la España agraviada por un escupitajo presentado como una afrenta nacional.

Fignon nunca cayó bien y, desde la prudencia que entraña enjuiciar a un personaje público, uno tiene la sensación de que tampoco entraba en sus planes tal objetivo. No parece que buscase agradar a nadie que no fuese a si mismo, nunca regaló un gesto de cara a la galería. A sus rivales les mostró el mismo incómodo rostro de la disconformidad con el que se labró su fama de enemigo imprevisible, quizás el más temido de todos los tipos de enemigos.

Ahora que corren tiempos de buenismo competitivo, de deportividad mal entendida, convendría recuperar aquella actitud guerrillera, inconformista, agresiva de gente como Fignon o, años más tarde, Chiappucci, la némesis del otro ídolo local, Indurain, aunque al italiano se le identificase más con cierto tipo de perdedor romántico y por tanto más entrañable para el aficionado. Eran ciclistas capaces de aprovechar el avituallamiento, la caída o la avería de un rival, para hacer saltar una carrera por los aires y con ellas las tácticas que, por complejas que puedan resultar, no encuentran la forma de introducir a este tipo de corredor en la ecuación. Son la teoría del caos explicada sobre una bici, cuando todo tiene que ir de una manera concreta, un irreverente con gafitas, un italiano incapaz de aceptar la derrota sin lucha, proporcionan un giro inesperado de los acontecimientos y ya nada va según el plan previsto. Y es entonces cuando el ciclismo pierde lo que tiene de ciencia y multiplica lo que tiene de épica.

Como toda historia que merezca ser contada, la del ciclismo no está exenta, necesita de héroes, personajes capaces de recordarnos que el alma humana tiene unos límites en ocasiones insondables, y que somos capaces de llegar mucho más allá. Pero también necesita de su villano, tipos que den la réplica al héroe, que planteen un nivel extra de dificultad en la consecución del glorioso fin que aguarda al héroe. Fignon fue, para muchos, ese villano que necesitábamos para glorificar a nuestro héroe. Esto, como tantas cosas, también se lo tenemos que agradecer al parisino.


Pero de todas las lecciones que Fignon nos pudo enseñar, sobre todo en la victoria, yo elijo quedarme con una que pertenece al complejo mundo de la derrota, donde la dignidad tiene límites más difusos. En el año 92, en el Giro de Italia, Fignon supo que su carrera tocaba a su fin. Fue en el Passo de Giau, en un día dantesco, las imágenes son bastante significativas y no merecen mayor comentario. Esas imágenes encajan a la perfección con la idea de Fignon que siempre tuve, un tipo digno que amaba el ciclismo y la competición sobre todas las demás cosas. Y encajan, son la materialización en video, de la frase con la que Laurent Fignon terminaba su biografía, (“Éramos jóvenes y despreocupados” ) y que ahora nos deja el regusto amargo de quien en realidad se está despidiendo de la vida y lo sabe. Decía Fignon "he sido solo un hombre que ha hecho todo lo posible por abrirse un camino hacia la dignidad y la emancipación. ser un hombre". Y no hay más que añadir.

martes, 5 de enero de 2010

a SSMM los Reyes Magos de Oriente...

... en el amanecer de un nuevo año de bicis, querría pedirles diez pequeños deseos, querría que se cumpliesen diez pequeños anhelos para que al final, ésta sea la más hermosa de las temporadas.

1. que este año no haya casos de doping para que cada vez que diga, en el foro que sea, que me gusta el ciclismo, no salga el típico ¿simpático? con la manida frase "pero si esos van todos hasta arriba". pero sobre todo para que pueda volver a creer en todos y cada uno de los corredores del pelotón como creo en los Reyes.

2. que vuelva a llover en la París-Roubaix. Que llueva el día de la carrera y los días de antes y por supuesto que un embarrado Flecha llegue en solitario, en cabeza, como un héroe de cuento, al Velódromo de Roubaix. Estar allí para verlo entra en el mismo deseo.

3. que Freire se retire con su cuarto mundial y que, con título o no, de una vez por todas y para siempre reciba el reconocimiento que este inculto país le debe ahora que se va.

4. que Contador libere toda su rabia de pistolero en el Tour y contra Lance, que veamos ataques furiosos, sin tregua, sin vuelta atrás, apuestas a todo o nada. Que el ciclismo vuelva a ser de los imprudentes y de los que sueñan en grande.

5. que la llegada a la Bola del Mundo se convierta en el nuevo clásico de nuestra carrera, un mito moderno a la estela del Anglirú.

6. que nada se tuerza, que la vida, tan traidora a veces, nos deje en paz este año y podamos, como está pensado, estar en el Tourmalet el 22 de julio, subiéndolo en nuestras bicis por la mañana, saboreando la magia del Tour después de comer.

7. que Voigt nunca se retire. Que nunca nos olvidemos de Vandenbroucke.

8. que si Valverde gana en Lieja, gana Dauphiné, la Vuelta, la Volta... o lo que se proponga, nadie le pregunte porque no ganó el Tour.

9. que los próceres de nuestro deporte se vayan a lugares más remotos, a tareas más privadas, y se lleven sus luchas eternas con ellos. que los que vengan no traigan ninguno de los viejos vicios y estén a la altura de la historia del ciclismo.

10. ... y que Perico Delgado y Carlos de Andrés nunca cambien.

domingo, 3 de enero de 2010

50 años sin Coppi

Una breve nota, al empezar el año, en los albores de una temporada que aún perezosea en la cama rebañando los últimos días de descanso antes de las batallas por venir.

Ayer, 2 de enero de 2010, se cumplieron cincuenta años del fallecimiento, prematuro, siempre prematuro, de uno de los más grandes de este deporte, el favorito de quien esto escribe, Fausto Coppi. Como el rigor que uno se ha autoimpuesto para ir incluyendo personalidades ilustres en su particular Salón de la Fama le obliga a posponer la entrada del Gran Campionissimo en el mismo hasta que llegue "su turno", sirvan estas palabras, al menos, de recuerdo, que quede constancia de que es eterno hasta en la memoria de los que nunca le vimos correr.

Cincuenta años sin un ciclista al que uno siempre evoca, tal vez la legendaria frase de Ferretti tenga la culpa, solitario, en cabeza, transitando por algún puerto alpino de faldas peladas y sol abrasador, con su maillot blanco y celeste. su nombre: Fausto Coppi.